A Roger Austin, jefe de proyecto de la reforma de Leicester Square, en pleno centro de Londres, lo están friendo estos días a llamadas. Su número de teléfono aparece en un panel plantado por el Ayuntamiento de Westminster delante del espacio donde en próximas fechas se realizarán unas obras de renovación que incluyen, según la memoria del proyecto, pavimento de granito, un nuevo esquema de iluminación decorativo y funcional, un edificio emblemático para la taquilla de los espectáculos que se ofrecen en los teatros cercanos, un gran banco de granito blanco, plantas, pasamanos y unos nuevos urinarios.
Pero antes de que empiecen las obras, cuya recreación virtual se puede contemplar en varias imágenes en el cartel, el Ayuntamiento londinense quiere saber qué opinan los vecinos del proyecto: «Queremos saber lo que piensas. Por favor, llévate un folleto para más información o descárgatelo» de Internet. Para más información -y es ahí donde entra en juego la tortura telefónica al jefe de proyecto- contacte con Roger Austin en el 020?7641?7061» o en la dirección de correo electrónico indicada al efecto.
Aunque el cartelón colocado al pie de Leicester Square lleva por título Your square, your choice, (su plaza, su elección) no existen garantías de que todas las sugerencias de los vecinos sean recogidas, más bien al contrario, pues complacer a unos lleva irremediablemente a disgustar a otros. En fin, hay tantas plazas ideales como personas, como se está viendo estos días en el caso de María Pita. Pero la iniciativa del Ayuntamiento de Westminster no es menos loable por ello.
En el caso de A Coruña, el que más nos afecta, porque la mayoría podremos disfrutar más habitualmente de María Pita quede Leicester Square, el Ayuntamiento ha dejado la reforma de la plaza en manos de un arquitecto joven y con un buen currículum, Alejandro Zaera, aunque es lógico pensar que tanto él como el gobierno local estarán escuchando las opiniones de quienes tienen algo que decir sobre el asunto: del primero al último de los coruñeses.
Entre ellos, hay quien querrá una plaza sin estatua, o con la estatua desplazada hacia el centro de la plaza, girada 180 grados, con un pedestal mayor, de bronce o de fibra de vidrio, una plaza con árboles, con suelo de adoquines o de tierra, con bancos o con sillas de metal, con árboles para que se posen los estorninos, con una señal de prohibido patinadores, cubierta, con más o menos colores, jardineras y farolas...
Para Zaera, que anunció en marzo que en julio podrá ya mostrar al menos un avance de la plaza María Pita del futuro, «el monumento -la estatua en honor a la heroína que está estos días levantando ríos de tinta- no supone ningún problema, aunque sí lo veo con las terrazas o la iluminación actual». En esto parece estar de acuerdo con bastantes coruñeses, y con el alcalde, que, obviamente, no está, ni se le pide, en posesión de la verdad absoluta, pues, y casi podemos decir por fortuna, no existe el político perfecto. Tampoco el arquitecto ni el vecino perfecto ni, en consecuencia, la plaza perfecta, aunque hay quien se haya quedado prendado de la Piazza Navona de Roma, la plaza de los Volgos de París o la Roja de Moscú...
Pero que no exista la perfección no vale de excusa para no intentar acercarse a ella. Los coruñeses son exigentes, han vivido ya demasiadas transformaciones de plazas fallidas con su dinero, y así lo piden. Para comprobarlo, basta ver el nombre que le han dado a su plaza mayor, María Pita, y cómo se las gastó esta con los piratas ingleses, muchos de ellos vecinos, por cierto, de Leicester Square.