El especialista insiste en que a la hora de hablar con los niños hay que partir de sus inquietudes y dudas. -Hay que tener en cuenta su edad y su capacidad. Pero los niños tienen una ética fuerte, hay que dirigirse a ellos sin infantilizarlos: los niños, incluso pequeños, se preguntan por las grandes cuestiones, como la muerte. Y un acontecimiento de este tipo despierta esas preguntas. Hay que dirigirse a él como un interlocutor responsable. No hablarlo es ignorar que el niño piensa en ello. Cuando un menor pregunta algo porque puede oír la respuesta. Y si el adulto no responde, lo decepciona. -¿Y si se aplaza la respuesta a cuando sea más mayor? -Puede llevar a que el niño deje de preguntar. -¿Y en el caso de percibir algo anómalo? -Podemos estar seguros de que ha tocado algo que para él ya era motivo de angustia. Es necesario dirigirse a él como un sujeto responsable y ser capaz de enfocar con claridad el tema. Por supuesto, huyendo de detalles escabrosos e innecesarios. -¿Cómo hacer que contándole lo sucedido no adquiera otros miedos? -Los niños normalmente no reaccionan con miedo, y si lo hay intenso, es porque ya lo tenían antes. Nos sucede a todos que cuando vemos un accidente de tráfico, al menos ese día vamos más despacio. Esa es la reacción normal. Si hay un temor leve, no hay por qué alarmarse, hay que tranquilizarlo, decirle que fue una desgracia pero no es habitual, que esas cosas no tienen por qué pasar. Otra cosa es que persista. Normalmente no aparece ningún miedo intenso. -¿Qué hay de los efectos colectivos? -Siempre en estos casos hay un fenómeno de identificación colectiva y grupal. Es inevitable pensar 'podría ser mi hijo' y eso genera el sentimiento de identificación con los padres, con el propio niño. Y es inevitable que ese lugar quede connotado durante un tiempo para la mayoría, y para siempre para la familia. Se dará el efecto evitación, como sucedió con los vuelos de Spanair tras el accidente ocurrido en Barajas. Pero todo eso se diluirá con el tiempo. Generalmente, olvidamos rápido.