«Nunca vi la procesión desde fuera»

A CORUÑA

Dos mujeres, madre e hija, han roto una larga tradición de hombres y portan el estandarte de la Congregación de los Dolores, para sorpresa de muchos

06 abr 2009 . Actualizado a las 11:52 h.

Un hábito negro, con la capa roja y el capuchón no dejan ver a la persona que porta el estandarte de la Congregación de los Dolores. En la procesión del pasado viernes, los más perspicaces quizá intuyeran unos centímetros más de altura. Y es que Alejandra Costas supera en cuatro centímetros a su madre, María Ferreiro, que ha sido desde 1995 la portadora de este estandarte. El año pasado legó esta tarea a su hija y ella, «aunque siempre dije que no saldría», el viernes salió de mantilla en la procesión de Dolores. Es inusual que una mujer lleve el estandarte, entre otras cosas por sus 20 kilos de peso, porque levantado sube hasta casi los cuatro metros «y luego tienes que tener cuidado con el viento», un problema que se suele dar cuando la comitiva va por la zona del Obelisco, San Andrés o al bajar a la plaza de María Pita; de todos modos, sostiene María que llevarlo «es cuestión de maña, más de que fuerza». Por alguna razón, en 1995, poco antes de salir la procesión del viernes de Dolores, no había quién lo llevara «y dije que lo llevaba yo». Desde entonces las anécdotas se fueron sucediendo: «Algunos se fijan que tengo el pie pequeño, la muñeca muy fina o en un momento dado me ven el reloj y es cuando les oigo como cuchichean: 'Mira, es una chica'». En una ocasión, en María Pita, tras subir a un altillo colocado durante la procesión de las siete palabras, los portadores de los estandartes de San Jorge y la Orden Tercera «se me quedaron mirando y ya les dije: Sí, soy una chica, porque estaban extrañados». Incluso alguna vez le aplaudieron, «me puse a bailarlo con una mano en una parada de la procesión y al acabar la gente empezó a aplaudir». Detalla asimismo que el peso se debe a que está hecho de metal, «otros son de madera, y la tela es pesada». Un problema de espalda le ha obligado a legar la labor. «Este es el segundo año que lo llevo», explicaba Alejandra en pleno trasiego de ensayos para la procesión del pasado viernes. «Yo ya estoy preparada, porque me he puesto esto y tampoco tengo que ensayar mucho», explicaba mostrando el portaestandarte y una especie de faja de motorista protegiéndole la espalda, «tampoco se trata de que toda la familia acabe con la espalda estropeada», argumenta la madre. «Voy a ver a la Virgen» En cuanto a lo que pasa por su cabeza a lo largo de todo el recorrido, Alejandra sostiene que le gusta ir con la gente, «a la Virgen no la veo porque va detrás; yo nunca vi la procesión desde fuera, siempre fui dentro de ella» y recuerda que desde los cuatro años ha estado acudiendo a San Nicolás. El viernes se podían ver sus ojos inquietos, mirando a través del capuchón a izquierda y derecha todo lo que pasaba. «Con año y medio le tocó el manto a la Virgen y le gustó, que algunos niños le tienen cierto miedo», apunta la madre, que confirma que siempre vio la precesión desde dentro. Sobre su vinculación con esta advocación mariana, María argumenta: «Vivimos aquí cerca y mi madre era muy aficionada a ir al camarín de los Dolores, aunque solo estuviera allí dos, tres, o cinco minutos; luego quizá me tocó a mi el momento de pedir, allá por los años 89 y 90, precisamente cuando estaba embarazada de Alejandra; era una costumbre ir a saludarla, ir a verla al camarín cuando iba para el trabajo, era algo que muchas veces decía mi madre: 'voy a ver a la Virgen' y esto le he visto desde pequeña».