Este veterano empresario de Carral ha enseñado a su hijo todas las claves para poder vender diversión acuática en época de recesión económica
23 mar 2009 . Actualizado a las 12:12 h.En épocas de crisis siempre hay quien se mueve con soltura entre los contratiempos. Es el caso de Francisco Romero y su hijo Aitor. Venden piscinas en la empresa Aguasport, propiedad del primero, y quizá por ello saben lo que es estar siempre con el agua al cuello. Ahora tocan tiempos difíciles y el vástago, de 31 años, está recibiendo un mensaje de su progenitor. «Mantiene mucha serenidad en los momentos críticos como este, echa mano de su experiencia para afrontar las dificultades». Aitor no recuerda otro trabajo más que este en la nave situada en Tabeaio (Carral). Ya de pequeño ocupaba muchas horas libres ayudando a su padre a limpiar piscinas. Por eso y, pese a tener otros dos hermanos, Rubén e Iria, de 28 y 25 años respectivamente, él será el heredero de la gestión de Aguasport cuando Francisco, a las puertas de la jubilación, acuda a las piscinas solamente para darse un baño.
Aitor lleva en la empresa de forma continuada desde el 2000. Hace cuatro años se casó y abandonó el hogar paterno con lo que, durante casi un lustro, padre e hijo coincidieron en el negocio y en casa. «En las épocas de más trabajo ya evitábamos hablar del tema a la hora de comer -recuerda Aitor-; ahora es mejor, cada uno se va a su casa una vez que acaba el trabajo». Para Francisco, de 62 años, «la convivencia siempre fue buena». Se muestra muy conforme con que Aitor tome el mando de la nave de las piscinas. «Tengo que retirarme y hay que ir preparándolo», dice. Si acaso, la asignatura pendiente para su vástago son las excavaciones. «Pero ya las empieza a hacer y en un tiempo lo tendrá controlado», añade.
Orígenes
Hagamos ahora un poco de historia sobre los orígenes de Aguasport. Antes del negocio de piscinas, Francisco trabajaba como cerrajero, con un pequeño paréntesis de tres años en la emigración en Alemania. Junto a su padre, el abuelo de Aitor, hacía columpios, bancos de jardín y complementos similares. Poco a poco comenzó a fabricar vigas de hierro para piscinas alemanas y, en medio, conoció a un socio germano que había montado lo que hoy es Aguasport. «Después empecé con piscinas americanas, luego pasé a las de bloque revestidas de resina...», recuerda Francisco, quien no tardó en quedarse solo al frente de la empresa a causa del fallecimiento de su socio. Hoy, Aguasport cuenta con una media de entre seis y ocho empleados, «dependiendo del volumen de trabajo».
Después de llevar vendiendo piscinas durante más de una década, los Romero no contaron con una pileta de ocio en su propia casa hasta 1987. «Siempre se cumple el refrán, en casa del herrero...», recuerda Aitor, quien se confiesa admirador de su padre en lo personal y en los profesional: «Es muy perfeccionista, es muy exigente consigo mismo y con los demás, la gente valora su esfuerzo y su seriedad». Cualquier virtud es buena para vender piscinas, un bien no precisamente de primera necesidad, en épocas de crisis. En el reciente día del padre, toda la familia cambió el azul de la piscina por el de unas vistas del azul marino desde un restaurante de Barrañán.
Así, cada día que pasa es uno menos para que Aitor tome el mando de Aguasport. Cree haber recibido la mejor educación para desempeñar ahora su trabajo de gestión. Incluidos los cursillos de natación a los que le llevaron de pequeño.