De la chabola «de la palmera» a un piso en Palavea

A CORUÑA

Existe una especie de soniquete referido a Penamoa que, de cuando en cuando, resuena. Dice que a los gitanos que residen allí realmente les gusta esa vida, que no quieren estar en un piso. María José pone cara de exclamación cuando se le menciona eso. «¿Volver yo a Penamoa? !Ni locos! El que dice eso es porque no conoce aquello». Veinticinco años en el poblado son suficientes como para valorar el cambio y comparar. Lo tiene clarísimo: «Yo aquí ahora me quedaría a vivir para siempre. Yo lo que quiero es una vida normal».

María José viene de mudarse de su chabola de Penamoa -situada en la zona de los depósitos de agua y conocida en el poblado como la de la Palmera-a un coqueto apartamento en Palavea. Todo ello, gracias a las gestiones de los servicios sociales del Ayuntamiento. «Conmigo, la verdad es que se portaron muy bien -comenta-. Al principio fue difícil porque no había un piso adecuado para mí, pero el final lo conseguí».

Es consciente de que la situación de su antigua vivienda ayudó («era la que más molestaba de todas para las obras de la tercera ronda», indica) y, nada más llegar, lo puso a su gusto: «Me dieron la casa y la puse toda a mi manera. Les dije que la quería pintar, que lo iban a hacer mis hijos y me dejaron. Ahora les propuse la posibilidad de mover un tabique y me dijeron que también».

Es previsora. Pese a que su hijo, Jonathan, tiene 13 años, María José piensa ya en su futuro matrimonio. «La habitación cuando se case se quedará pequeña y entonces habrá que tirar el tabique», dice. ¿Pero está el chico ya pensando en casarse? Jonathan se ríe. No suelta prenda. La madre asegura que ya tiene novia. «Es paya, como mis dos sobrinas», indica. Una nota de integración que habla por sí misma. «Aquí nos han recibido muy bien», asegura la madre. El chico, que estudia primero de secundaria, lo corrobora: «Ya tengo muchos amigos». Apenas va al poblado. La madre lo hace con frecuencia. «Tengo dos nietos allí metidos. Eso me mata. Por eso voy, porque tengo que luchar por ellos porque se criaron conmigo».

Aparte de María José y Jonathan, en la casa también hay sitio para una pequeña hembra de yorkshire terrier. Ocupa la habitación que conquistará Jonatan cuando decida casarse. Cuando ocurra, la fotografía del enlace pasará a formar parte de la particular galería familiar del salón. María José los señala. Ahora solo espera ver a sus nietos fuera de allí. «Así sería totalmente feliz», dice.