Las 130 auxiliares del servicio de ayuda a domicilio del Ayuntamiento coruñés apoyan cada día a las familias en la atención de 800 personas dependientes
27 dic 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Cambian la vida de la gente pero nunca son las protagonistas de la historia. La suya es una profesión tan dura como desconocida. Son las auxiliares de ayuda a domicilio, una labor que en A Coruña desarrollan para el servicio público que gestiona el Ayuntamiento 130 mujeres. Durante todo el día conviven con enfermedades y soledades, y cuando llegan a casa tienen sus propias cargas familiares: sus padres, sus hijos, sus maridos... Ellas dicen: «Desde que llegó la ley, siempre se habla de proteger al dependiente. Y a nosotras, ¿quién nos protege?».
Las conocerán por su andar rápido, siempre de un domicilio a otro y siempre haciendo cuentas. Parecen auténticas calculadoras humanas. Se encargan de asear al dependiente, de vestirlo, de moverlo, de hacerle la cama, de controlar su medicación, de ir a la compra, de cocinar... Y a veces con presupuestos ínfimos. Lo explica una veterana, Pilar Barros. «Los casos que más me afectan son los de las personas que tienen pocos recursos económicos. Con 20 euros a la semana para el súper hay que hacer verdaderos esfuerzos para que coman bien». Pilar cuenta el caso de una mujer que todos los meses sujetaba el dinero de la pensión con pinzas de la ropa a las facturas. «Esto para el gas, esto para el casero... Con pensiones de 400 euros es lo que te queda», relata Pilar, que califica como duro su trabajo, pero muy gratificante. Algunas auxiliares se ponen contentas con logros tan sencillos como conseguir que «uno de los suyos» engorde dos kilos o que en un domicilio «deje de oler a pis».
Tienen una profesión con mil caras. Hacen de limpiadoras, de cocineras, de peluqueras -«hay mayores que son muy coquetos»-, de psicólogas, de confidentes y de consejeras. También de amigas, de madres y de hijas. «Yo, a veces, me siento como una telenovela andante», comenta Pilar Barros. «Les cuento mi vida poniéndole un poquito de emoción». Ella es, junto a Dolores Blanco, una de las auxiliares más antiguas del servicio de ayuda a domicilio del Ayuntamiento coruñés. Ambas coinciden en que una de las mayores satisfacciones de su trabajo es acabar saliendo de paseo con personas que llevan años metidas en casa. «Un día logras que bajen cuatro escaleras. Al otro llegas al portal pero no puedes abrirlo porque les da susto el aire. Vas pasito a pasito y, al final, acabas incorporando las salidas a su rutina diaria». Dolores Blanco recuerda el caso de una mujer que llevaba catorce años metida en la cama. «Cayó en una depresión por la muerte de su hijo». Con su aliento, lograron que saliera a la calle.
Un tercio de los 800 usuarios que atiende el servicio municipal de ayuda a domicilio viven solos y, de éstos, la gran mayoría son mujeres. Los jóvenes representan apenas un 2% del total y suelen estar vinculados a casos de parálisis cerebral. «Como el chico de 30 años que se quedó tetrapléjico en un accidente de tráfico o la joven de 27 con derrame cerebral. La misma edad que mi hija», lamenta Dolores Blanco.
¿Y qué dicen los beneficiarios del servicio? Hablamos con Juan, de 69 años. Él se quedó viudo en el año 1999. Vive con su hijo Manuel, de 38 años, que padece una discapacidad mental con un 96% de inmovilidad. Juan tiene otros cuatro hijos, pero están en Alemania. Allí viven también sus once nietos y sus dos bisnietos. En su caso, una auxiliar llega a las ocho de la mañana para duchar y vestir a Manuel. Luego se ocupa de la casa. De lo que puede porque, como explica Juan, «no le da tiempo a más». Con la entrada en vigor de la Ley de Dependencia, ha aumentado la intensidad del servicio, pero aún así, el máximo de horas que estipula la ley para la ayuda a domicilio son 90 al mes. Muchos usuarios, lógico, critican que las valoraciones se quedan cortas.
Otro caso es el de las hermanas Pepa y Emilia Segade, 89 y 91 años. Ambas comparten vivienda en San Pedro de Visma aunque la hija de Emilia reside justo enfrente. Es ella quien nos explica que reciben doce horas semanales de ayuda: «Vienen por la mañana para levantarlas y por la noche para acostarlas. La movilidad de mi madre es mínima. Se operó de cadera en el año 2003». La auxiliar llega a las ocho y veinte, levanta a las dos mujeres, las asea, les hace la cama y les da el desayuno. «Todas las profesionales que vienen son geniales. Yo solo cambiaría la hora, que a mi madre y a mi tía las levantasen y las acostasen un poquito más tarde».