El gordo que vino de Valencia

A CORUÑA

Llegó de Levante para trabajar en la factoría de Losán en Curtis, y trajo consigo la fortuna: repartió nueve décimos premiados con 225 millones de pesetas en 1985

14 dic 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

El del sorteo de Navidad del año 1985 es recordado en Curtis como el día de la fortuna. Esta recaló en la localidad en forma de 225 millones de pesetas procedentes de nueve décimos venidos de Valencia con el número 63.369 impreso en ellos. Nueve personas, por lo tanto, cambiaron su vida aquel día. Y todo gracias a Román Cases, un valenciano de origen llegado a Curtis en el año 1970 para trabajar en Losán, que de allá se trajo la suerte. «Los billetes me los había mandado mi madre. Me quedé con uno y ofrecí el resto a los vecinos. El de la tienda de muebles me sacó un décimo suyo y me dijo que ese era el que iba a tocar, y que no quería el mío. Se equivocó», recuerda el valenciano, como le conocen en la zona.

La jornada de suerte estuvo precedida de una revelación sobrenatural que dio a Román confianza plena sobre lo que iba a suceder a la mañana siguiente en el salón de sorteos de la calle Guzmán el Bueno. Una experiencia inexplicable que Román recuerda con solemne respeto: «La víspera me acosté en la cama y vi como si apareciese un ángel envuelto en llamas blancas en el techo de madera de la vieja casa donde vivía. Me quedé así, atontado, unos cinco minutos, hasta que mi mujer entró en la habitación y me preguntó si estaba bien. Yo le dije: 'Pili, mañana me toca la lotería'. Y así fue», cuenta el premiado con una serenidad que asusta.

El día 22, se levantó convencido de su buena fortuna y encendió el televisor: «Soy muy aficionado. Siempre que no coincidió con trabajo, me he plantado a las 8.30 frente al televisor para ver el sorteo con mis hijos». Ese día tenía de la mano al pequeño y, cuando escuchó su número, mandó al mayor a buscar a su madre: «Mi mujer había ido a limpiar el fregadero y me había dicho con sorna: 'Si te toca ya me avisas, ¿eh?'. Cuando mandé al mayor a que le avisase no sabía si era el gordo, pero sí que algo nos había caído».

Nada más conocer que se trataba del primer premio salió toda la familia a la calle a celebrarlo con los otros ocho vecinos agraciados. En el bar Lento se brindó por los premiados, que tuvieron que atender a los medios que en seguida se plantaron allí: «Vino la televisión y se montó una gorda... Pero yo no quise saber nada. Creo que el billete caduca a los tres meses, pero nada más salir a la calle ya fui hasta la caja de ahorros, que estaba abierta, y lo metí allí por si acaso», recuerda precavido.

Fueron 25 millones de pesetas, «que en aquel entonces sonaban mucho más que ahora», advierte el valenciano. El dinero se fue en lo que suele irse, en la vivienda: «Compré el terreno, tres ferrados que dicen aquí, y me hice una casa de ciento y pico metros de dos pisos. Les di una carrera a mis hijos, y ya está. Ahora no me queda nada, he vivido de mi trabajo, pero no le debo nada a nadie», explica satisfecho.

Quinto premio el año pasado

Román, artífice de esa lluvia de millones, ya está jubilado a sus 65 años y continúa viviendo en Curtis, donde lleva 38 años residiendo, «toda la vida», dice con un acento gallego que oculta totalmente su origen levantino. Nació el día de Reyes, lo que puede que le haya dado su buena estrella. Aunque él no se considera tan afortunado: «En casa éramos tan pobres que nunca tuvimos regalos. Tuve que esperar 42 años para recibir algo», apunta. Pero no fue el sorteo del niño, sino el de Navidad el que volvió a dejarle un pellizco el año pasado: «Me tocó un quinto premio, 5.000 euros, con un décimo que le cambié al hermano de mi mujer por uno de los que me traigo de Valencia todos los años». Ha mantenido la costumbre, pero aquellos nueve décimos que no le querían los vecinos se han convertido en más de una treintena, «y más que me pedirían si los trajera». Aunque la verdad, es que la suerte no volvió a llegar desde Levante.

Aquel 63.369 -«un número feo»-, no volvió a pasar por Curtis: «Jugué con otros boletos de la administración número 11 de Valencia, que es donde lo había comprado mi madre, pero nunca volví a ver ese número». Para el sorteo de este año Román guarda celoso su décimo traído desde Valencia -«tengo uno, como todo el vecindario»- y el deseo de que la fortuna vuelva a sobrevolar su casa: «Por el momento no se me ha aparecido nada ni nadie en el techo de la habitación. Pero habrá que esperar a la víspera», asegura con un tono que se debate entre la broma y la esperanza.