La música del afilador

Carlos Fernández

A CORUÑA

El oficio del reparador de cuchillos iba acompañado de unos soniquetes especiales que lo hacía muy conocido

07 dic 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

El afilador era, hasta hace poco, uno de los oficios más populares del mundo rural gallego y también en las ciudades, especialmente hasta la segunda mitad del siglo XX.

Muchos coruñeses los recuerdan recorrer las calles con su pito característico en busca de amas de casa que quisiesen poner a punto sus cuchillos y otros útiles de cocina. Muchos de ellos, además, hacían de paragüeros, oficio no menos solicitado en el paraíso de la lluvia que es Galicia. La tradición histórica dice que la mayoría de los afiladores eran procedentes de la provincia de Ourense, y más concretamente de la villa de Nogueira de Ramuín, de donde es el escritor y periodista jubilado de La Voz Xosé Fernández Ferreiro, que les dedicó varios de sus artículos a seguir el origen y el desarrollo de la tradición en este singular empleo tan imprescindible en los años de más estrecheces económicas y menos tecnología. También Antón Fraguas, en su imprescindible libro Los oficios , los define certeramente, tanto al personaje como a su principal instrumento de trabajo: la rueda. Ésta se compone de un armadillo de madera que lleva una estructura redonda de 14 o 16 radios, de alrededor de un metro de diámetro y que se pone en movimiento por medio de un pedal articulado al eje con una vara. El movimiento de esta rueda pasa por una correa sin fin a otra rueda pequeña que va en la parte alta del aparejo y que hace girar un eje en el que va la piedra de afilar y el esmeril, los dos circulares. Complemento imprescindible de la rueda para que todo el aparejo funcione a la perfección es un cajón adosado a ella en el que van las herramientas imprescindibles para completar con eficacia el trabajo, donde no faltan alicates, martillos, tenazas y un bote de hojalata para el agua.

Composiciones

El pito, o chiflo, anunciador de la llegada del afilador a cualquier punto de la geografía urbana, suele estar hecho de madera de buxo y calibrado para que dé determinadas notas de la escala musical. Cada afilador solía adoptar una musiquilla propia con la que anunciaba su presencia para distinguirse de los demás y atraer a sus clientes.

El paso del tiempo y la inevitable modernización hizo que los afiladores acabasen llevando su instrumento de trabajo en una bicicleta, e incluso en una moto. El veterano periodista Vicente Leirachá recuerda el paso del afilador por la calle Cartuchos, donde vivía en la posguerra, y a un afilador fijo, también paragüero, que estaba instalado a la izquierda de las escaleras que por la calle del Mercado conducen al de San Agustín y que tenía entre sus clientas fijas a las carniceras de dicho mercado, cuyos puestos estaban en la parte exterior del mismo.