La zona vieja, o noble, pedía un párking a gritos. La Autoridad Portuaria se puso a ello en el Parrote. En el 2002 adjudicó los trabajos. Seis años después, la obra, a medio hacer, está en el aire porque en el subsuelo han aparecido restos de una muralla de la ciudad del siglo XVIII. Patrimonio ha ordenado su conservación, y la infraestructura que iba a resolver los problemas de aparcamiento en toda la zona tendrá, en el mejor de los casos, la mitad de la capacidad prevista, lo que garantiza su inutilidad, operativa y económica. Las cosas no pueden ir peor: el Parrote lleva levantado seis años quizás para nada.
El descubrimiento de estos vestigios es un caso parecido al de las infraviviendas del campus, pero a lo grande. Si pronto se supo que algunos galpones tienen hasta veinte años de antigüedad, la existencia del baluarte -hay planos precisos sobre el contenido del subsuelo coruñés- está documentada hace más de 130 años. Por eso son aún más sorprendentes las palabras del presidente de la Autoridad Portuaria, Macario Fernández Alonso, sugiriendo que nadie en el Puerto conocía que bajo las obras del aparcamiento hubiese tamaño baluarte defensivo. Y es probable que ahora asistamos a una cascada de declaraciones del mismo estilo. Un sálvese quien pueda ante un error de cálculo de proporciones extraordinarias.
La situación del párking pone hoy de plena actualidad la clásica expresión «abarrote en el Parrote», que nació porque en la zona había una playa minúscula que en verano se ponía de bote en bote. Ahora, el abarrote no es de personas, es de problemas: para el Ayuntamiento y la Autoridad Portuaria, que deberán explicar por qué y para qué se iniciaron estas obras, y qué pasará con la esperadísima reforma de la Marina, ahora también en punto muerto. También para quienes han comprado una plaza, o dos, o diez, de aparcamiento en un aparcamiento que quizás nunca sea aparcamiento; para los coruñeses en general, que han visto como durante seis años se reducía drásticamente el ya escasísimo número de plazas para estacionar gratis en pleno centro de la ciudad; para Patrimonio, que también deberá explicar por qué no se postuló antes sobre el asunto. Arreglar el estropicio puede costar, según diversos técnicos consultados por La Voz, 20 millones de euros, que saldrán, nos lo cuenten como nos lo cuenten, de nuestros bolsillos, que a estas alturas viven una hemorragia permanente....
El gobierno local ha ofrecido, al fin, una alternativa que parece tener cierta coherencia: trasladar las murallas del subsuelo al techo del aparcamiento. Con esta operación, el párking seguiría su curso natural y un trozo de nuestra historia no correría la misma suerte que corrieron el castillo de San Diego o, sin ir más lejos, los restos de baluarte que salieron a la luz cuando se excavó bajo la plaza de María Pita, en los años 80. Y hay otras opciones, como marcharse con los bártulos a otra parte o levantar un párking en altura, al estilo Tokyo, Nueva York o Chicago. Será en último caso la Consellería de Cultura quien deberá fallar. O, para ser más precisos, acertar. Lo que no se entiende muy bien es por qué hemos tenido que esperar la friolera de 2.190 días para tropezarnos con unas murallas que llevan ahí plantadas más de dos siglos. Por ahora, y ya casi parece una tradición en estos tiempos, nadie ha entonado el mea culpa.