Clientes especiales: del pasadizo del Orzán al Marabú

Por Laureano López

A CORUÑA

Desde hace unos años, la resaca del Orzán arrastra también en tierra. El mar es peligroso, pero igual lo son otras olas más sutiles que nos golpean a todos: a los vecinos -los que concilian el sueño y los que no pueden dormir- a los dueños de los pubs, a los clientes, a los policías, a los jueces, a los políticos -los que gobiernan y los que quieren gobernar-... Esas olas pueden ser el principio de un tsunami.

La muerte de un joven en la discoteca Balcón de Rosales, en Madrid, fue un ejemplo más de que ese tsunami puede desencadenarse en cualquier momento y en cualquier lugar. Álvaro Ussía, 18 años, fue golpeado hasta morir a las puertas de la sala de fiestas. El eco de la tragedia llegó hasta A Coruña, se escuchó en Mesoiro y en Monte Alto, en el Barrio de las Flores y en la plaza de Vigo. Circuló por calles, callejones, rúas, estrechas, rincones, plazas, rondas y avenidas de esta ciudad de aniversario. También por el Orzán y su pasadizo, aunque diera la sensación de que pasó de largo... como si todo el Orzán estuviera vacunado contra estos tsunamis.

Una semana después de la tragedia de Madrid, el pasadizo volvió a los titulares de las páginas de sucesos. «Tres heridos en una pelea masiva con matones en A Coruña», rezaba la noticia de La Voz. El propietario de un local dio cuenta de la situación de la movida nocturna: «Ha sido muy grave -dijo-, mucho más de lo que es normal aquí, donde siempre hay follón». Avisados sin duda por el suceso de Madrid, responsables municipales y policiales celebraron una reunión. A su término, el subdelegado del Gobierno dijo que, en grandes concentraciones, es inevitable que se produzcan peleas. Y el concejal de Policía Local calificó lo sucedido de «hecho puntual», quizás para tranquilizar a la parroquia. ¿Inevitable?, ¿hecho puntual?

Los números hablan por si solos: la Cruz Roja ha recogido este año a más de cien personas, la mayoría en el Orzán, entre golpeados y apuñalados. Hay quien sale de copas y hay quien sale a romper copas en la cabeza del prójimo. Sí: tenemos un problema. Y es gordo.

La detención de cuatro implicados en la pelea del pasadizo, en otra brillante actuación de los agentes de la Policía Nacional, es solo parte de la solución. Pero no basta. En los últimos meses el Ayuntamiento ha amortiguado el problema del botellón en la ciudad, otro problema del ocio nocturno, que se ha trasladado a los jardines de Méndez Núñez, donde hay menos vecinos y, por lo tanto, menos quejas. Con las peleas no se puede obrar del mismo modo. Trasladar a los amigos de romper narices y costillas a otro lado no acabará con el goteo de narices y costillas rotas. La situación exige, hablando en términos médicos, precisión quirúrgica.

Algunos de los protagonistas de estas peleas son lo que en el argot policial se llama clientes especiales: gente sin contrato que trabaja al servicio de algunos hosteleros para poner paz en sus locales. Muchas veces, esta paz se convierte en batalla campal. Los hosteleros sin escrúpulos -también los hay con escrúpulos- no pagan el pato porque no existe vinculación contractual con los apandadores. Y así, hasta el próximo fin de semana. Quizás el futuro de algunos llamados locales de ocio nocturno sea convertirse, como el Balcón de Rosales, en biblioteca, que también es ocio, no se crean.

Hubo un tiempo en que los clientes especiales eran aquellos que tomaban siempre un café en el mismo bar mientras leían el periódico y completaban el crucigrama. Todo, sin molestar al cliente especial de la mesa de al lado. Hoy son excepción. El Marabú, mítica cafetería que ayer cerró sus puertas en el Ensanche, era un claro ejemplo de local con esta clase de clientes especiales. Tome nota quien tenga que tomarla: ninguna de las lágrimas que se derramaron ayer a las puertas del Marabú fue a causa de una nariz rota.