Ensalada con vistas a las chimeneas

A CORUÑA

Un recorrido a las dos de la tarde por el polígono permite ver con toda su variedad de contrastes la enorme transformación que ha sufrido La Grela en los últimos años

09 nov 2008 . Actualizado a las 02:00 h.

Una miniciudad como la que existe en La Grela posee sus propios ritmos. Los turnos de las empresas de telefonía no casan con los de los bancos. Tampoco los clientes de Dolce Vita acuden a la misma hora que salen de trabajar los empleados de los concesionarios de coches. Pero, si existe un momento en el que se puede hacer una fotografía de lo que es La Grela a día de hoy y resumir toda la transformación sufrida en los últimos quince años, ese es a las dos de la tarde. Pura carne de sociólogo.

Los contrastes no paran de sucederse. Tres hombres de traje y gabardina charlan en la puerta del BCA28 sobre los porqués de la crisis y sus recetas de solución. Uno lleva un maletín de cuero. No baja de los 1.000 euros. Con ese dinero se podrían comprar decenas de mochilas como las que lleva a su espalda una trabajadora de Vodafone que se cruza. La tarjeta para fichar que lleva colgada la delata, como a tantos otros empleados en cuyo pescuezo pende la empresa para la que trabajan.

En medio del cruce, surge otro hombre. No lleva ni mochila ni maletín, sino una carretilla de obra. Lo hace con paso calmado, todo lo contrario que la mayoría de los que suben por la calle Copérnico a toda velocidad. Buscan dónde comer. En Gasthof se forma cola: no existen a las 14.15 mesas libres. Enfrente los camareros de A Mundiña, rigurosamente vestidos de negro, surten de aperitivos a los asistentes a una exposición de la sala de arte del BCA28.

Por su parte, algunos de los usuarios del Club de Pádel aprovechan el mediodía para reponer fuerzas tras el partido en su cafetería de diseño. Eso sí, los bocados de ensalada tienen vistas a las chimeneas de la factoría de Estrella de Galicia. Esa mezcla de ocio e industria, altos ejecutivos y clase trabajadora, coches de lujo y utilitarios ofrece una gama de contrastes muy peculiar y que habla por sí sola.

Eternos atascos

Los que desechan la opción de almorzar en el polígono se enfrentan al gran mal de la zona: el tráfico. Y ahí todos, los Audi y las furgonetas de reparto, comparten embotellamientos, atascos, bocinazos y malos humos. La doble fila es ya parte del paisaje y en algunas calles se instaura ya la triple, encajándose como fichas de Tetris. Cuando todo se desmonta surge el caos. Una huésped del hotel Husa Center espera un taxi. Llega en sentido contrario. O cruza la calle o el taxista tendrá que dar la vuelta. Opta por la primera. La mujer lo lleva escrito en su rostro: viaje de negocios. Usa zapatos de tacón y emprende su particular eslalon entre los coches con su maleta de ruedas. Obliga a pararlos. El conductor de furgoneta de reparto pega una frenada. Dispara el claxon: «¿Estamos dormidos o qué? La mujer finge que la cosa no va con ella. Si pintamos el taxi de amarillo, la escena recordaría a Nueva York.

La mejor solución para muchos sigue siendo el bus urbano. La línea 11 ha sido rebautizada popularmente como el bus Dolce Vita. Con un perfil mayoritariamente femenino, descarga pasajeros que llegan sin nada y vuelven con las manos llenas de bolsas. Y el bolsillo con bastante menos dinero. La afluencia ha sido tal que tranvías ha decicido poner buses articulados y ampliar las frecuencias.