Proclama la desinhibición como filosofía de vida. Las obras del artista coruñés son explícitas y descaradas. Y tienen éxito
28 jun 2008 . Actualizado a las 02:00 h.Se define como un hombre libre. «No me supedito al mercado. Hago lo que quiero. Lo que pinto lo pinto para mí, y si después se vende, pues mejor». En las tarjetas de visita del pintor coruñés Manuel Sarandés puede leerse: Hard Art Limited Stock. Y una vez vista su obra se entiende a la perfección a lo que se refiere. La temática de sus últimos cuadros es eminente y explícitamente sexual. No apta para todos los públicos. Y sin embargo goza de una aceptación popular a priori insospechada: «Lo importante es que sean bonitos. Que muestres lo que muestres sea asequible al público, que le entre bien por los ojos, aunque lo que está viendo sea algo duro. Una imagen sexual puede ser agradable, y una más inocente repugnar. Es cuestión de plástica», explica.
La afición de Sarandés por el arte se remonta a su infancia. Pero no sería hasta el olímpico año 1992 que comenzó a tomárselo más en serio: «Lo hacía por hobby, y me decían que no estaba mal. Pero fue cuando empecé a ver que los cuadros se vendían, que mi nombre empezaba a sonar, que me planteé dedicarme a esto».
Pueden verse cuadros suyos en infinidad de bares, cafeterías y domicilios de la ciudad y de otros puntos de España: «Tengo clientes habituales, pero prefiero expandir mi obra». Sus coloristas rostros son parte del paisaje coruñés. Pero lo que nunca va a encontrarse son paisajes o bodegones firmados por él: «Hay gente que me pide que le pinte puestas de sol, y yo me niego. Eso ya lo hacen otros. Lo mío está dirigido a un público más restringido, pero que genera mucha demanda», asegura.
De hecho, el pintor reivindica la valentía, más aún, la osadía de un arte atrevido, novedoso, revolucionario: «Retratos convencionales ya los hace mucha gente. Hay que innovar, crear vanguardia. Si no, estamos siempre en lo mismo», explica apasionado. Incluso llega a echar en cara a otros artistas cierta falta de sinceridad: «A muchos les gustaría pintar lo que yo pinto, pero no se atreven. Hay que desinhibirse, romper con las convenciones sociales, pasar de lo que pueda decir la gente», sentencia rotundo.
Casa museo
La casa de Sarandés, situada en plenos Cantones, es uno de los mejor nutridos museos de arte coruñés que pueden encontrarse. De las paredes de la vivienda cuelgan, aparte de algunas obras del propio autor, un sinfín de cuadros y fotografías que Sarandés cambió por piezas de su creación: «Poco a poco, intercambiándolos me he hecho con unas buenas obras», dice orgulloso mientras descuelga de la pared del pasillo un retrato: «Este es de Tim Behrens, ¡ahí es nada! Y fíjate, es reversible: tiene otro retrato por el otro lado del lienzo», exclama sonriente.
Es precisamente en su casa donde trabaja. Una pequeña galería que da a los jardines de Méndez Núñez, con un caballete en medio y una luz natural envidiable, sirve de estudio al artista. El resto de sus pasiones se amontonan en las estanterías en las diferentes estancias. Los cómics y los cedés de casi cualquier tipo de música -«siempre que sea auténtica»- tienen un espacio preferente. Gustos eclécticos para un artista cambiante que no se decide a la hora de definir su estilo: «El estilo es algo inconsciente, sale como sale, no puedes controlarlo», asegura.
Comenta Sarandés que está «perdidamente enamorado». Quizás esto suponga otro punto de inflexión en su obra, otro cambio que provoque que esta se suavice en cuanto a contenido, que se vuelva más sutil. «Podría ser -confirma-. ¿Quién sabe hacia dónde va mi pintura?».