El bar del maniquí

A CORUÑA

Una modelo a la que cambian de vestido cada cierto tiempo recibe a los clientes de un local de San Diego

06 feb 2008 . Actualizado a las 11:39 h.

Canta, y cuenta, Joaquín Sabina en una vieja canción, Así estoy yo sin ti: «Perdido como un quinto en día de permiso, como un santo sin paraíso, como el ojo del maniquí». Puede que su mirada, y ella misma, estén un tanto perdidas, o cuando menos descolocadas, porque no se encuentra en su entorno habitual que sería el escaparate de alguna tienda, luciendo un modelo en rebajas.

A la maniquí la han puesto en la entrada de un bar, en la calle San Diego, y sigue sorprendiendo a cuantos entran o pasan por el lugar, aunque son ya más de tres años los que lleva ahí recibiendo al personal, cambiando de vestuario y de peinado cada cierto tiempo y sirviendo de modelo para que muchos de los clientes del local y curiosos se acaben haciendo una fotografía con ella. Juan Carlos Barreiro, el dueño de bar San Diego, relata cómo hace unos días un grupo de amigos estaban citándose para quedar en este local y la referencia no fue el nombre del mismo, sino «quedamos en el bar del maniquí».

En cuanto a los orígenes del maniquí recuerda que fue un cliente quien lo encontró tirado y lo llevó al bar como una broma. «Al principio pensamos ponerla dentro, pero no acabábamos de encontrarle el sitio adecuado, siempre te ocupaba un sitio, así que la pusimos en la puerta», relata Barreiro, mientras se acerca la pequeña Sara, su hija, para contar que ella tiene «un diario secreto» y, aunque nadie puede verlo, asegura que en el mismo no se habla nada del maniquí.

Al otro lado de la puerta le hacen compañía un par de perros aguardando por su dueño.

Juan Carlos Barreiro apunta que él es de este barrio y su idea es tener un bar de barrio en el que no pasa nada «cuando entran los obreros con las botas de currar». Previamente, matiza que en realidad «eu non son taberneiro, eu son ferreiro» y relata cómo estuvo trabajando en la industria hasta que un problema de espalda le impidió continuar.

Billar

Mientras habla, un par de jóvenes echan una partida al billar, y un par de jubilados leen a fondo los periódicos del día y un padre advierte a su crío, que no tiene escuela, que tienen que marcharse. Unas radios antiguas y una vieja máquina de cosas, además de una colección de llaveros muestran que Barreiro ha conseguido lo que quería: un bar del barrio, a cuya puerta recibe un maniquí de ojos perdidos y pelo rizo.