La cantautora de Meicende tocó en el salón de actos del San José Obrero, el centro en donde estudió cuando era niña
31 ene 2008 . Actualizado a las 12:19 h.No son pocos los músicos que guardan un recuerdo especial del salón de actos del colegio. En ese espacio se dan muchos de los primeros contactos con la música en vivo. Esta deja de ser un sonido armonioso que desprende un altavoz para convertirse en algo vivo, manipulable, imprevisible. Tan mágico que puede llegar a hacer click, justo ahí, en ese lugar del corazón que, una vez pulsado, ya no permite marcha atrás.
En 1984 Alaska y Dinarama le ponían un himno a la nueva era del pop español con la celebérrima Ni tú ni nadie. Era la canción que resonaba constantemente en la cabeza de Silvia Penide. Por aquel entonces se columpiaba entre los 5 y los 6 años, asistía a clases al colegio San José Obrero de Meicende y empezaba a sentir esa vibración en el interior que se dirigía siempre hacia el mismo destino: dedicarse a la música
Veintidós años después esas líneas clásicas de «Dónde está nuestro error sin solución/fuiste tú el culpable o lo fui yo» fueron recordadas por Penide en el salón de actos de la que fue su escuela. Lo hizo, lejos del drama y la sobreactuación de la original, apenas acompañada de una guitarra acústica, unos cuantos globos... y los ojos, curiosos e impresionados, de los niños que no perdían detalle de su actuación.
Biografía musical
Presume Silvia Penide de dejarse llevar por sus impulsos con toda naturalidad. En esta ocasión llegó tras una llamada de su antiguo colegio. Querían contratarla para dar un concierto. «Fue una gran sorpresa y dije que sí sin pensarlo dos veces», confiesa la artista, que admite haber pasado más nervios de lo normal. «Hacía mucho tiempo que no me ocurría, pero la noche de ayer?-se refería al miércoles- no pude dormir bien. Y antes de salir a tocar, lo mismo. No sabía qué iba a pasar ni cómo iban a reaccionar los niños».
Para enganchar a la chavalada, la cantautora diseñó una actuación al modo de un cuentacuentos que continuamente se transformaba en cantautor. El hilo conductor lo ponía la historia de una niña llamada Silvia, a la que siempre se refería en tercera persona.
De este modo, la evolución de ese personaje enamorado de la canción de Alaska (que como una coda se repetía de continuo) iba saltando de canción en canción. Todas ellas dentro del repertorio de Penide, trufadas de todo tipo de explicaciones, adaptaciones al relato y guiños de complicidad a una audiencia tan especial.
Entre otras cayeron Soy feliz, Mi cielo, Invisible o Reventaba. Como un álbum de fotos musicado, la artista mostraba instantáneas de su vida: sueños, vecinos anónimos, riñas con los padres, deseos de no ser vista, ansias de volar, su perro Jackie. ¿La reacción de los niños? De una ternura que, probablemente, Silvia no olvide ya nunca. Así lo reflejaba su rostro emocionado al terminar. Unas horas después lo confirmaba: «Superó de largo todo lo esperado».