Un «Picasso» en Payo Gómez

Rubén Ventureira

A CORUÑA

El artista Abelenda dona una silla que perteneció a la familia del artista durante los años que pasaron en su residencia coruñesa, ahora casa-museo

15 nov 2007 . Actualizado a las 12:28 h.

Una silla de tijera que perteneció a la familia Ruiz Picasso durante su estancia coruñesa volvió ayer al segundo piso del número 14 de la calle Payo Gómez, o sea, a la vivienda que habitaron el artista más importante del siglo XX, sus padres y sus dos hermanas entre 1891 y 1895. Es una donación del artista Alfonso Abelenda a la Asociación Pablo Ruiz Picasso de A Coruña, que preside Ángel Padín, colectivo que a su vez se lo ha cedido en depósito al Ayuntamiento, propietario del piso. Esta silla pasa a ser el único objeto original de la casa-museo de Picasso, que está decorada con muebles de la época, pero hasta hora ninguno perteneciente a la familia malagueña.

«La silla está ahora donde tiene que estar», dijo Abelenda durante el acto de entrega celebrado en la casa de Payo Gómez, inmueble, por cierto, cuya construcción promovió su bisabuelo. «Pasa a ser unha das xoias da casa. Agradecemos a xestión da asociación e a xenerosidade de Abelenda», declaró la concejala de Cultura, María Xosé Bravo. «Tiene algo de polilla. La tienen que restaurar», pidió después a la edil el donante, que se refirió a la silla como «la del padre de Picasso». En todo caso, la asociación da por seguro que la usaron todos los miembros de la familia. Y, por su tamaño, bien se puede especular con la posibilidad de que el niño Pablo se sentase en ella cuando pintó en Payo Gómez su primera obra maestra, La muchacha de los pies descalzos (1895).

Abelenda la heredó de su padre, que a su vez se la compró a las hijas de Román Navarro. Navarro, que había sido ayudante de Ruiz Blasco en la Escuela Provincial de Bellas Artes de A Coruña, era en 1895 profesor de dibujo en La Llotja de Barcelona. Ese año intercambió su plaza con Ruiz Blasco, que se trasladó así a la Ciudad Condal. «Los Ruiz Picasso dejaron a Navarro algunos objetos cuando se marcharon, entre ellos esta silla», destacó Abelenda.

En declaraciones a su secretario Sabartés, Picasso pintó como desastrosa la experiencia de su progenitor en la ciudad: «Mi padre nunca salía de casa excepto para ir a la escuela. Al regresar, se distraía pintando, pero no tanto como antes. Pasaba el resto del tiempo observando la lluvia a través de los cristales». Como en tantas otras ocasiones, Picasso exageraba. Como se ha ocupado de demostrar el coruñés Ángel Padín con sus indagaciones, José Ruiz Blasco participó activamente en la vida social y cultural de la ciudad, siempre guiado por su amigo el asturiano Ramón Pérez Costales, ex ministro de Fomento republicano y uno de los popes de la urbe. Dos noticias aparecidas en La Voz acreditan esta implicación: el padre de Picasso participó en la asamblea embrionaria de la Real Academia Galega y en la suscripción popular para levantar un monumento a Daniel Carballo.

Exposiciones

En La Voz constan también un par de palos a Ruiz Blasco con ocasión de sendas exposiciones en la calle Real. En marzo de 1894 mostró un ramo de naranjo con su fruto y dos rosas: «Resultan poco frescas tanto las flores como las hojas del ramo», sentenció el crítico. El 25 de octubre de ese mismo año, nuevo varapalo: «Las flores son desde hace bastante tiempo el tema favorito, digámoslo así, del Sr. Ruiz Blasco para sus obras, a pesar de lo cual figúrasenos que está algo distante de dominarlo, y de imprimir a las flores que pinta la frescura, la transparencia, el color que tienen seguramente las que le sirven de modelo».

El mismo día en que apareció esta crítica, Picasso cumplió 13 años. Aún vivió un momento peor Ruiz Blasco en A Coruña: el 10 de enero de 1895 murió a los 7 años, víctima de la difteria, su hija Conchita, la menor y la que más se parecía a él. Fue enterrada en San Amaro, donde la familia no pudo comprar una sepultura.

Hay un dibujo del niño Picasso, fechado el 1 de enero de 1895, en el que representa a su padre hundido, temeroso por el estado de Conchita. Hay más en los que se sirvió de Ruiz Blasco como modelo. Por ejemplo, dos en los que aparece más distendido, en los que aguanta paleta y pinceles, sentado en una silla que no es la que ayer donó Abelenda.

La muerte de Conchita pudo ser el fin de la carrera de Pablo si este llega a cumplir su palabra. Juró a Dios que jamás volvería a pintar si no perdonaba la vida a Conchita, según le confesó a su última mujer, Jacqueline Roque, y esta a John Richardson, el mejor biógrafo de Picasso. Conchita murió, y bien sabido es que Pablo no cumplió su promesa.