Hasta San Juan, sardina

Rubén Ventureira A CORUÑA

A CORUÑA

KOPA

Crónica | El fin del carnaval coruñés Viudas desconsoladas y resacosos miembros de las comparsas locales sumergieron un año más el símbolo del antroido en las aguas de la playa de San Amaro

21 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.

«Hasta San Juan, sardina», se consuela una plañidera mientras la comitiva fúnebre conduce el pez hacia las aguas de la playa de San Amaro. Así son los coruñeses: acaba una fiesta y ya están pensando en la siguiente. Como decía aquella canción de Jorge Drexler, «nada se pierde, todo se transforma». Así que esta sardina que ayer se congeló en San Amaro volverá fresquita en junio para que demos cuenta de ella a la plancha. O este cuento quiere creerse la plañidera. Esta plañidera. Porque hay tres docenas que emiten lamentos que hacen dudar a las niñas como Sara: «Mamá, ¿que le duele a esa señora?». Y hay curas, monaguillos, arzobispos, cardenales, monjas. «Nunca tanta curia hubo», apunta Toñito, un clásico del carnaval. «Es que Paco tiene mucha mano», le contesta divertido un sacerdote de pega. La comitiva, compuesta por medio millar de personas, partió hace hora y pico del bar Pardillo, en la calle Arenal. Allí se veló, entre cervezas y caldos varios, a la difunta señora sardina. Luego, el séquito bajó a la plaza de España a recoger a Momo, que se reveló ante su destino: «¿No estaremos en San Pedro / probando el ascensor nuevo?», dudaba el dios del carnaval por la megafonía mientras lo descendían de su trono. Cuando empezó a asumir su inminente final, fue poseído por algún ente (sin duda, de Monte Alto) y empezó a expresarse en koruño: «Me estoy abucharando / me quedan muchas jas / en la vida por junar». Cuando al fin asumió su triste destino, dejó de emular a la niña del exorcista, retomó su varonil voz y se acordó del ex alcalde: «Ya me veo yo con Paco / de fantasma en la embajada». «No es mal sitio», apuntilló una vazquista a ras de acera. Creció la comitiva en la subida de la calle de la Torre. Decenas de coruñeses sin careta se sumaron a la última fiesta del carnaval. Y se compadecieron de las tres bailarinas del Grupo Bolero, vestidas con escueto traje de fiesta. «Baila, neniña, baila, que falta che fai», animó una señora a una de las mozas. Y es que, como diría Momo poseído, hacía «viruje». Y eso que algunos se empeñaron en invocar el calor: «Carnaval, Brasil, carnaval», cantaba un grupo. Pero sabido es que A Coruña sólo fue un sambódromo, «un pequeno Río», cuando Bebeto jugaba en Riazor. E xa choveu. «Suavecito para abajoooooo, para abajoooo», brota de la megafonía mientras, qué oportuna la canción, descendemos hacia el barrio de Adormideras. «Me ha dejado una minipensión», se queja una viuda, y la consuela una amiga que la ha reconocido pese al disfraz: «Yo estoy viuda desde que empezó el carnaval, desde entonces no le veo el pelo al marido». El marido, deducimos, será de la comparsa Montealto a 100, que no se pierde una. Al fin la arena. Abarrote en San Amaro, una de las pocas playas del mundo con gradas. Arde Momo mientras la sardina se congela. Echan fuegos de artificio. Suenan aplausos. A rey muerto, rey puesto. «Volvemos en San Juan, sardina», emplaza la plañidera.