Crónica | El adiós de la librería de la calle Real «Yo entré aquí como cliente de la mano de mi padre y desde entonces no he abandonado los libros», decía Enrique Molist
01 feb 2007 . Actualizado a las 06:00 h.?a despedida de la librería Colón fue un «duelo alegre» celebrado anoche bajo la luna llena y sobre un suelo, el de la calle Real, en el que hubo en su día un cementerio romano. El luto lo ponían las empleadas, todas vestidas de negro, y las lágrimas, que las hubo, eran de agradecimiento y de emoción por la amistad, por los recuerdos, por todo lo vivido en un local en cuyas estanterías sólo colgaban cartelas con nombres de escritores o algunas frases célebres. Allí seguía el clásico espejo del local, en el que se fue reflejando como, poco a poco, las cartelas iban desapareciendo y cada uno tiró por la de su autor preferido. Claro que también hubo escritores que acudieron en persona como Miguelanxo Fernán-Vello o Xulio L. Valcárcel; este último expresaba sus sentimientos de «magoa é tristeza porque as librarías son un lugar de encontro, un dispensario de soños, de imaxinación e de beleza; este peche deixanos un pouco máis orfos». Tampoco faltaron las flores para las que se iban, un ramo cargado del cariño de una joven lectora, otro de unos amigos, unos dulces para el postre o una botella más, la enésima, para brindar por la despedida. Más que un duelo en algunos momentos casi parecía un botellón en toda regla, con gente entrando, curioseando en la trastienda, y viandantes de la calle Real asomándose a la entrada con preguntas como: «¿Están de liquidación?». Una gaita puso la primera música, que luego sería de guitarra, con canciones de autor. En medio de todo el barullo, Begoña, una de las empleadas, reconocía: «Estamos muy emocionadas con toda esta gente; esto merece la pena, compensa muchísimas cosas». Para el mes de abril, Begoña tiene previsto abrir una nueva librería en la calle de los Olmos, mientas que Amparo no daba pistas sobre su futuro: «Voy a coger dos meses de vacaciones y después ya veremos». Enrique Molist, uno de los libreros más veteranos de la ciudad, esbozaba sus recuerdos: «Yo entré aquí como cliente de la mano de mi padre y desde entonces no he abandonado los libros». El murmullo de las voces mantenía el duelo alegre con el que se despedía la librería Colón y algunos alertaban que con la luna llena «ya verás todos los que van a venir después». Quizá de madrugada, la sombra de Emilia Pardo Bazán, con otra Amparo, la protagonista de La Tribuna, volvió a pasear por la calle Real de su Marineda.