CRÍTICA MUSICAL
06 dic 2006 . Actualizado a las 06:00 h.Con un acto sobrio, como la nueva decoración del teatro, quedó inaugurado el nuevo Colón, pariente lejano del que funciona en Bueno Aires. Por un instante hubiera sido preferible volver al siglo XVII, cuando los incipientes coliseos aún no tenían butacas, y la concurrencia podía pasear, conversar, comer e incluso jugar a las cartas mientras en el escenario se representaba una ópera de Cavalli, a poder ser larguísima, para que la gente diera rienda suelta a sus inquietudes, más allá de la música. El otro día lo que apetecía realmente era curiosear por las entrañas del renovado recinto, que parece haber quedado en las mejores condiciones para volver a ser lo que ya fue en el pasado, epicentro de la actividad cultural coruñesa, si se acierta a la hora de programar: los contenidos, ahora, son lo importante. Y en eso el presidente de la Diputación, Fernández Moreda, parece tenerlo claro: él ha apostado por el modelo de gestión norteamericano, que deja la cultura en manos privadas, en lugar del tradicional europeo: en todos los grandes teatros de Italia, Alemania y Francia, la titularidad y la gestión son públicas; aunque quizá eso cambie pronto y la nueva tendencia, con Estados cada vez más débiles y endeudados, sea la que se ha seguido en el Colón. Era un día más para ver que para escuchar, aunque no poco importante fuese calibrar la acústica de la sala, que parece óptima. El Teatro, tal como lo han dejado, y a falta de conocer más detalles técnicos de su funcionamiento, y poder valorar, más adelante, las programaciones, es una pera en dulce para cualquier artista y una joya para los coruñeses, que no precisan de más auditorios: sumadas, las infraestructuras culturales suponen un conjunto envidiable, superior al de muchas ciudades de su tipo y tamaño en Europa. Si en 1948 el Colón lo inauguró la Sinfónica Municipal, ahora era lógico que se reabriese con el «hijo favorito», en palabras de Losada, su tutor. El programa elegido, más o menos discutible. Hay quien hubiera preferido algo más solemne, o incluso un estreno. Lo bueno de la Sinfónica es que puede hacerlo todo bien, como así ocurrió. Un Dvorak, el más conocido, el de la Novena , expresión de la fuerza de la nación como universalidad, que recibió una lectura densa y transparente a la vez, de tintes humanistas, sin debilidades. Y cómo no, en una ocasión tan especial, el Gaos de su noble e íntima Impresión nocturna , y hasta Negra sombra de propina, en un poderoso arreglo sinfónico. Teatro Colón. OSG. Victor Pablo, dir. Obras de Gaos y Dvorak.