La esperada fiesta en la cubierta del «Amérigo Vespucci» hizo que el resto de embarcaciones aplazara sus celebraciones para ayer, la última noche que permanecieron atracadas en la bahía
10 ago 2006 . Actualizado a las 07:00 h.Día libre. A por los italianos. Esto fue lo que pensaron cientos de coruñesas cuando pasadas las diez de la noche un tripulante del Amérigo Vespucci retiró la cuerda que impedía el paso a la embarcación. Una vez en el interior la noche prometía, cuatrocientos transalpinos con ganas de fiesta y con la intención de cumplir con el mito marinero: una novia en cada puerto. Ellos, como no, de impecable uniforme, que para eso son marinos, aunque, a juzgar por el desmadre, parece que sin una estricta disciplina. Ellas, de tiros largos para no defraudar. Entre plato y plato del bufé se fue cuajando una noche que tuvo su punto culminante cuando los tripulantes decidieron cortar la torta. Algunos fueron despacio en su estrategia y decidieron acudir a popa para bailar a ritmo de discoteca. Los más melosos encontraron en la proa el lugar ideal para compartir intimidades con músicas latinas como banda sonora. Las jóvenes, y no tan jóvenes coruñesas, vieron por la borda, como a medida que avanzaba la velada, crecía la cola delante de la escalerilla del Vespucci para intentar acceder al interior del velero. «¿No se puede entrar pagando?», preguntaban al italiano encargado de controlar el acceso. Estaba complicado y las afortunadas empezaron pronto a mover ficha. La luna llena iluminó la bahía y las parejas abandonaban a cuentagotas la cubierta del barco. Amores, o no, de una noche de verano, que tendrán que esperar como mínimo un par de años a la próxima cita de la regata. Ante la afluencia masiva de chicas al velero italiano, a los tripulantes masculinos del resto de embarcaciones no les quedó otra que organizar un guateque particular en el Palacio de los Deportes.