Crónica | La cocina de la feria medieval
28 jul 2006 . Actualizado a las 07:00 h.?onvertir el chocolate en erotismo en una jabonería es casi un truco de magia medieval al que, José Carrasco, recurren muchas parejas jóvenes que se acercan a su puesto. «Preguntan si es comestible. ¡A saber qué harán con él!» Teóricamente, debería emplearse para realizar masajes. «Es chocolate sin azúcar, no engorda». A juzgar por la importancia culinaria que le otorga, parece que le han descubierto más usos. José Carrasco, además de chocolate, vende jabones y hierbas naturales. Entre los primeros, los más demandados son los que tratan las pieles de los jóvenes. Los compuestos de hierbas le vienen desde la época del abuelo, los recolectan en la alta montaña valenciana, y señala que en Galicia «se valoran más que en otras zonas». Y nada de Prozac. Para las depresiones, «la gente prefiere las hierbas a las pastillitas». La abuela del puesto cercano no sabe nada de Prozac y demás píldoras, pero le han llamado la atención las carracas que vende María Fernández en su puesto de juguetes de madera. «Las espadas y arcos las hacemos nosotros». Los objetos más demandados: pistolas, xilófonos y los propios arcos. Doce arcos con diez flechas por doce euros es de los que más atrae a los padres, aunque al final son los más pequeños los que acaban eligiendo. María comenta que a los niños les siguen llamando la atención en una época en la que se diría que la Play Station es la reina. Dulces y vino Para quien quiera contentar al niño sin rascarse tanto el bolsillo, Magdalena Torres trae gominolas de pulpa de fruta y conservante natural. «No tienen el sabor pastoso de las industriales». Fresa, cola, limón y coco, las más demandadas. «Con tantos días de feria, la gente tarda más en venir a comprar. Supongo que a partir de ahora se venderá más». Magdalena trae los productos de Cataluña, es andaluza y vive en Canarias. Tres regiones, un puesto. Óscar López es de Tafalla, en Navarra, pero también sabe mucho de geografía: «voy a ferias medievales y de artesanía de toda España: Melilla-Málaga-A Coruña-Barcelona», enumera en su recorrido imaginario. Vende productos garrapiñados tradicionales, desde la almendra, la más demandada, hasta frutos exóticos sólo por su nombre, como las nueces de Macadamia o el sésamo. Se viste con traje medieval para la foto. «Muy guapo», le grita una señora. «Gracias, señora, usted también». Marco Antonio Casas posa con la bota de vino, su «producto estrella». Va con ellas desde Soria a ferias medievales de toda España. Emplea entre ocho y doce horas de trabajo por bota y, ya puestos a trabajar la piel, vende zapatillas y juguetes con pelo natural. ¿Por qué la gente se compra una bota? «Por tradición, porque todos andan con ganas de tenerla y no la tienen». Y al final de la calle, la panadería Lozano, de Carral, que regenta Rocío Pérez es una vuelta al origen. Empanadas de berberecho y pulpo, almendrados, rosquillas. Un descanso medieval para guerreros del siglo XXI.