Los Capuchinos, en llamas

Carlos Fernández A CORUÑA

A CORUÑA

Historias de A Coruña | Revolución republicana Un grupo de coruñeses incendió el templo de la calle Juan Flórez cuando el Gobierno Civil dio su permiso para reanudar las celebraciones religiosas

29 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

Uno de los episodios más lamentables de la época republicana en A Coruña fue el incendio por las masas incontroladas de la iglesia y residencia de los Padres Capuchinos de la calle Juan Flórez (que entonces se llamaba Camino Nuevo), edificios ambos de los que sólo quedarían las paredes. Todo comenzó con un mitin en la plaza de toros convocado por la Federación Local Obrera el 2 de julio de 1931, por la tarde. Tras la finalización del mismo, un grupo de jóvenes fue en manifestación ante el Gobierno Civil (en el edificio del Teatro Rosalía). Allí izaron un cartel que decía: «Quienes quieran pueden seguirnos para incendiar el templo de los Jesuitas». Pero una vez llegado al lugar, fueron disueltos por varios guardias. Otro grupo, o los mismos, se fueron hacia el templo de los Padres Capuchinos, que esa misma mañana había recibido, como otras órdenes religiosas, autorización del Gobierno Civil para reanudar el culto. Ello les debió parecer mal a los manifestantes, que empezaron a apedrear desde la calle José Cornide, tanto el templo como la residencia. La fuerza pública enviada pronto fue insuficiente. Primero se dio una carga con los sables envainados y luego hubo que hacer una descarga que, sin embargo, sólo produjo algunos heridos. Mientras ello sucedía, algunos manifestantes forzaron las puertas de la residencia aneja a la iglesia, que pronto fue pasto de las llamas. Cuando llegaron los bomberos, ya sólo quedaban los escombros humeantes y aquellos se dedicaron a evitar que el fuego se pudiese propagar a los edificios colindantes. A las once de la noche del mismo día, la iglesia anexa a la residencia comenzó a arder. Y los bomberos, ya es desgracia, no pudieron dirigir el agua hacia el fuego pues alguien había cortado la manga de los bombines, inutilizando su funcionamiento. Pronto el interior del templo fue reducido a cenizas. Aviso Frente al lugar se congregó un gran número de personas. Mientras unos lamentaban el hecho, otros decían que había que seguir quemando iglesias, sugiriendo el convento de los Dominicos en la Ciudad Vieja y hacía allí se fueron muchos. También llegaron las autoridades al lugar del suceso, quienes convinieron que, en previsión de lo que pudiese ocurrir, se diese cuenta a la autoridad militar para acuartelar a las tropas. En un periódico local se comentó al día siguiente que el incendio había resultado «trágicamente interesante». De entre los heridos, el más grave fue un joven de la calle de la Amargura, con un balazo que le seccionó la médula dorsal. Todos los heridos dijeron a la policía que no habían tenido nada que ver en el incendio. Alguien señaló, asimismo, que una imagen de la Divina Pastora había quedado intacta tras el fuego, lo que se comprobó después que no era cierto, pues incluso un grupo de chicos, burlando la posterior vigilancia establecida, habían destruido la carroza que llevaba la imagen en las procesiones. Al día siguiente, el arzobispado de Santiago hizo publicó el telegrama enviado al presidente del Gobierno de la República. Decía así: «Profundamente apenado por incalificable hecho de la quema de la iglesia y convento de los Padres Capuchinos, elevo a Vuestra Excelencia respetuosa pero enérgica protesta, rogándole tome oportunas medidas que eviten otros hechos análogos». También se envió otro telegrama al ministro de la Gobernación, cargo que entonces ocupaba el coruñés Casares Quiroga.