Estos críos están colgados

Rubén Ventureira A CORUÑA

A CORUÑA

FOTOS: KOPA

En directo | Aprendices circenses Los hijos de los artistas del circo Deros estudian por las mañanas y por las tardes ensayan en la pista. Sus apariciones en los espectáculos son esporádicas

21 abr 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

Cuando Claudia medía medio metro anunció qué deseaba ser de mayor: «Yo quiero volar». Dirán ustedes que tampoco se trata de una declaración extraordinaria, pues se cuentan por puñados las crías que quieren ser azafatas. Pero no va por ahí este asunto. Claudia se crió en un lugar mágico donde la imaginación vuela sin motor. En un circo. Y cuando hablaba de volar se refería a hacerlo en el trapecio. «Prefiero el trapecio / para verlas venir en movimiento», cantaba Manolo García, pero no nos pongamos filosóficos, que esto es, pasen y lean, el circo. Claudia prefirió el trapecio porque quería volar. Nada menos: volar. Justo lo que está haciendo ahora, a sus 13 años, en el ensayo infantil del circo Deros. Claudia es la más veterana del juvenil grupo. De menor a mayor, la acompañan Runen (4 años), Sidney (4), Martin (4), Christian (7), Ivana (8), Shannon (8), Máximo (10), David (10), Dimiter (10), Richard (12), Mónica (12) y Alejandro (13). De 9 a 14 horas, estudian, que en su caso no equivale a ir al cole, pues las clases las reciben en el recinto circense, allá donde esté. Estos días, la carpa se levanta en A Coruña, junto al instituto del Agra do Orzán. Bajo ella se entrena el prometedor grupo de lunes a sábado. Durante una hora y media, a veces dos. A sus 10 años, Dimiter no sabe aún qué quiere ser de mayor: «Yo lo que quiero es adelgazar», espeta este simpático y orondo muchacho. «Ya he dejado los chuches», anuncia. En la pista demuestra que va por el buen camino. «Ellos son el futuro», sentencia Sonia Miranda, relaciones públicas del Deros. La historia vital de Sonia tiene «magia, como el circo», dice ella. Cuéntala. «Yo soy de Barakaldo, Bilbao. Tenía 23 años cuando conocí a un hombre que trabajaba en un circo. Yo había hecho gimnasia rítmica. Me enamoré y acabé como trapecista. Ahora lo he dejado por un tiempo. Lo de la pista. Sigo con él, es mi marido. Tengo 34 años». El relevo se está formando. La hija que tienen en común, Ivana, de ocho años, es aprendiz de contorsionista. Hace un tiempo, debutó junto a su mamá. Ivana hizo (qué poético es el circo) de alga. Claudia también ha debutado. Como la mayoría de los alumnos. En la pista profesional hacen apariciones esporádicas. «Su esfuerzo se ve recompensando con el aplauso y así tienen más motivación para seguir entrenando», explica Sonia. Les motiva hasta que vengan a verlos a los ensayos, como hoy han hecho las coruñesas Laura y Sabela, de 4 años. Esta tarde se ha sumado al entrenamiento infantil una mayor , Úrsula, de 18 años. Hace tres meses se rompió en una función las cinco falanges del pie derecho. Reaparecerá en A Coruña. «Estoy oxidada», asegura. Nadie lo diría al verla rotar en el aro. A los peques, a Claudia, Dimiter, Ivana y a los demás locos bajitos, los disfrutaremos en el futuro. A los mayores, como Úrsula, hoy y mañana, que será el último día de la estancia de este circo italoespañol en la ciudad. Las funciones, a las 12.30, 17 y 19.30. La entrada más barata cuesta 6 euros. Impagable resulta ver a Sabela conmocionada tras haber tenido a tiro de sus ojos por primera vez el animal que tantas veces ha pintado, la jirafa. «Vamos a verla otra vez», pide por esa boquita. Mientras, Claudia vuela.