Yo fui luchador de sumo

Ramón Castro A CORUÑA

A CORUÑA

EDUARDO

En directo | El carnaval por dentro Un periodista de La Voz relata cómo vivió el antroido desde el interior de la comparsa Pantaleón. Nunca tantas personas se habían fotografiado con él

02 mar 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

Debuté como comparsista el sábado de carnaval. No sabía muy bien cómo acabaría la fiesta, y lo cierto es que no acabó mal del todo, aunque regresamos a casa con un parte de lesiones. También con la vanidad colmada. Y es que Pantaleón, con el disfraz de luchadores de sumo, causó sensación en A Coruña. Relato en las siguientes líneas mi efímero paso por el antroido que acaba de dejarnos. Sábado 25 de febrero. Rito de iniciación . Me presento con un grupo de amigos en la Casa de las Máquinas (San Andrés). Nos inflamos en tropel y tomamos la calle en dirección a la plaza de Pontevedra. Las caras de admiración de los paseantes son un buen augurio. El traje tiene pegada. Hemos quedado para cenar en la cervecería A Dorna. Tras una divertida performance en la puerta del local, entramos, nos deshinchamos y nos sentamos a por la laconada. Había una sorpresa. Mis amigos y yo, novatos en la comparsa, nos sometemos a un rito de iniciación. Jaime Roque coge el megáfono y nos llama lechones, carne fresca. Pero se apiadan de nosotros y superamos la prueba. Deja de llover y salimos. La lluvia no dio tregua hasta las dos de la mañana. A esa hora, salimos en dirección al Orzán. Es la ebullición de la fiesta. En la calle Juan Canalejo formamos de cuatro en fondo y cargamos contra todo lo que se mueve. Es nuestra primera carga, pacífica por supuesto. Con las bromas nos dan las cinco de la mañana. Domingo 26. Paso vergüenza en el desfile. Es mi estreno en el desfile de comparsas. Allá voy a cara descubierta desde la plaza de Orense hasta María Pita. Me reconocen los miembros del jurado, me reconoce un compañero del colegio, Pablo Varela, y deseo no conocer a nadie más. Empiezo a pasar vergüenza y me oculto tras una nariz y unos mofletes de plástico. Así me divierto más, sin complejos. El momento estelar llega con una victoria sobre los piratas, frente a la Autoridad Portuaria. Lástima que el jurado no estuviera allí. A las ocho de la tarde nos anuncian como ganadores del tercer premio. Lunes 27. Última noche accidentada . Volvemos a la cervecería A Dorna («el único sitio donde nos aguantan», apunta un sumo). Toca parrillada y festejamos el triunfo, ya que, después de grandes peleas, ganamos el segundo premio en música y letra y el tercero en comparsas. «Ya podemos estar tranquilos dos años», dice Pablo Uriel, uno de nuestros líderes, clavadito a Mariano Rajoy. Cenamos, sugiero que les metamos caña a los nuevos lechones, honramos al todavía alcalde y a Rouco Varela en nuestros cánticos, y nos plantamos de nuevo en el Orzán. Me siento como Brad Pitt por la cantidad de jovencitas que quieren fotografiarse conmigo, y tardo en admitir que la gracia está en el disfraz, no en mis ojos. Un descontrolado empuja a mi mujer, que resulta herida leve, y me agua la noche. El martes no vamos a la choqueirada de la Torre. Se acabó mi sumo carnaval. La experiencia será un grado para la edición del 2007.