CRÍTICA MUSICAL | O |
04 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.VOLVIÓ Pons a la programación de la Sinfónica y, como siempre, su visita despertó interés, incluso, entre los profesionales de la música que no suelen acudir a estos conciertos. El director catalán es un espíritu inquieto. Aquí aún se recuerda su extraordinaria interpretación de la Turangalila de Messiaen, cuando una parte del público abandonó la sala por filas, se supone que en señal de protesta. Ahora no ha habido defecciones importantes, aunque la Sinfonía de Berio fuese acogida con más respeto que entusiasmo: la prueba evidente fue que la propina ofrecida por los Swingle Singers acaparó muchos más aplausos que la espléndida interpretación de la obra del desaparecido compositor italiano. Vivimos otros tiempos, no menos convulsos que los que le tocaron a Berio, allá por los años 60, sobre todo cuando residió en la América del amor libre. Puede que entonces se diese una mayor sintonía entre la calle y la estética de compositores jóvenes en busca de su propio lenguaje. Ahora, a algunos, aquello les parece casi más antiguo que una chacona de Bach, como si los experimentos que pretendían dar una nueva expresión a las contradicciones, problemas y esperanzas de una época distinta, hubieran envejecido pronto y mal. Dos de las constantes de la obra de Berio, su experimentación en el terreno vocal y su vocación de diálogo permanente con la tradición musical, unidas a su sólida formación intelectual, cristalizan en el espléndido tercer movimiento de su Sinfonía, que es sin duda lo mejor de una obra madura. Hay que felicitar a la orquesta por su implicación, y, por supuesto, a los Swingle Singers y al director. El concierto tuvo otros dos momentos importantes. El primero, el estreno de una composición del betanceiro Carlos López García, inspirada en la Guerra Civil. In memorian de una lucha fratricida es un obra concisa, apretada, que destaca por su eficaz tratamiento orquestal y su vigoroso impulso rítmico, que lleva esta pieza con energía hacia un final inesperado, casi abrupto, como si el torrente anterior se viera súbitamente detenido: las sugerencias, las implicaciones son infinitas. El concierto concluyó con una esplendorosa interpretación de las suites 1ª y 2ª del Daphnis y Chloé, impregnada de las esencias mismas del espíritu raveliano, cautivador Nocturno, que fue como una declaración de principios. La orquesta se unió en sus aplausos. Palacio de la Ópera. OSG. Josep Pons, director. Obras de Berio, C. López y Ravel