Un viajero deslenguado

Carlos Fernández A CORUÑA

A CORUÑA

Historias de A Coruña | Visitas ilustres Después de conocer la ciudad en el siglo XVIII, Robert Southey escribió un libro en el que realizó una descripción muy ácida de sus habitantes, gastronomía y tradiciones

01 feb 2006 . Actualizado a las 06:00 h.

La ironía deriva muchas veces en sarcasmo. Tal parece ser el tono del escritor y viajero inglés Robert Southey cuando arribó a Galicia en 1795, y plasmó más tarde las impresiones de su viaje en un libro titulado Cartas escritas durante una breve estancia en España y Portugal . Había nacido en la ciudad de Bristol en el año 1774 y, tras la muerte de su padre, un tío suyo le envió a la Escuela de Westminster, de donde sería expulsado en 1792. En 1794 se encontró en Bristol con Samuel Taylor Coleridge, con el que llegó a entablar una gran amistad. Ellos desarrollaron puntos de vista radicales, tanto en lo político como religioso. Hicieron un plan para emigrar a Pensilvania donde intentarían formar una comuna basada en valores filantrópicos. Southey y Taylor abandonaron eventualmente el plan y se establecieron en Inglaterra, donde difundieron sus ideas radicales. Ello incluía el escribir juntos La caída de Robespierre . Matrimonio En 1795, Southey se casó con Edith Fricker (su hermana Sara lo haría con Samuel Taylor). Ese mismo año 1795 Robert Southey llegó al puerto coruñés a bordo de uno de los correos que hacían la línea entre Falmouth y el puerto herculino. Llegó acompañado de su tío Herbert Hill, capellán de las colonias británicas en Portugal. Southey y su tío llegaron a Coruña el 13 de diciembre. Su primera crítica fue al olor que desprendían las calles de la ciudad. «A Coruña llama la atención por el olfato», escribió. También añadió que los coruñeses tienen «rasgos judíos»; los niños no quedaron muy bien parados, pues «llevan un apéndice que recuerda la cola de un mono». Mujeres viejas Con las mujeres se pasa un poco: «Pronto se vuelven viejas y entonces adquieren un aspecto feroz». No se sabe si habría visto a una de las antepasadas de La Sartén , aguerrido personaje que a finales del siglo XIX y comienzos del XX se hizo popular porque a cualquier coruñés que le llevaba la contraria siempre le respondía con la misma frase: «¡A que te pego un sartenazo!». La comida que le sirvieron en una fonda conocida como El Navío la despachará con ácidos comentarios: «Un ave fría en aceite y servida en una postura similar a la de una rana aquejada de calambres; una tortilla de huevos al ajo, hecha con el mismo execrable aceite y un vino muy mediano a dos peniques la botella. En este país de olivos le envenenan a uno con el aceite más infame, porque dejan que el fruto se vuelva rancio antes de prensarlo y sacarle el jugo». Mala cama La cama tampoco era buena: «Tenía una gran variedad de colinas y vaguadas, en cuyos recovecos habitaban las pulgas (...) la almohada de piedra en que apoyó Jacob era un cojín de plumas comparada con la que dejó mi cabeza molida>. Encima, a pesar de las temperaturas gélidas propias de la época, sólo le dieron una manta. Robert Southey, acompañado en ocasiones por el cónsul inglés en A Coruña, Alexander Jardine (que era militar), fue a una representación teatral y lo que más gracia le hizo fue la forma de alzar el telón (un anticipo, quizás, de como se hacía en el mítico cine Doré de la calle Juan Flórez). «Un hombre trepa al tejado del teatro, se agarra a una soga y salta al vacío; el peso de su cuerpo levanta el telón, y el del telón amortigua su caída», relataría posteriormente. Para mayor desdicha, a Robert Southey le destrozaron su sombrero que había llevado a reparar. Al parecer, el sombrerero se lo devolvió sin cinta, sin forro, sin planchar, habiéndolo lavado y almidonado, deformándolo por entero y quedando como una auténtica pasa.