El pulso de la ciudad Gemma Zapata, que el sábado fue elegida reina del San Juan, no podrá este año celebrar la noche mágica con sus amigos sobre la arena del Orzán que tanto le gusta
23 ene 2006 . Actualizado a las 06:00 h.?uce un color envidiable. «Soy morenita y me ayudo un poco con algunos trucos», comenta sonriente. Trucos que le sirven para cautivar al periodista y al jurado que el sábado la designó como nueva Meiga Mayor del San Juan, cinco meses antes de la fiesta. «Hasta hace unos años se hacía en primavera pero ahora nos vemos obligados a adelantar la elección para que la chica pueda representar a A Coruña en Fitur», explica Conchita Astray , organizadora del certamen que acompañó ayer a Gemma Zapata Fernández a los estudios de RadioVoz. La Meiga tiene 19 años hasta el 6 de septiembre, vive en A Zapateira, estudió en el Liceo La Paz, es la menor y única soltera de cuatro hermanos, quiere ser azafata de vuelo porque le gusta mucho viajar, y es virgo. «En teoría somos muy organizados, cosa que en mi caso no es cierto», reconoce. Los últimos años, como tantos y tantos jóvenes, celebró la noche de San Juan con sus amigos sobre la arena del Orzán y dando cuenta de una buena parrillada pero dice que nunca se quedó a dormir en la playa porque, «cuando se apagan las hogueras hace mucho frío». Este año será distinto para ella. La Meiga tendrá otros compromisos. El novio londinens e Sí, la Meiga tiene pareja, aunque lejos. «Se llama Horacio y lo conocí en Londres, donde los dos coincidimos para estudiar inglés», dice Gemma. Llevan juntos cinco meses y el joven, que es mexicano, vendrá el próximo fin de semana a A Coruña. «Todavía no lo llamé para decirle que había ganado el concurso», reconoce. Asuntos personales al margen, Gemma se siente como una joven normal, de ahora, del siglo XXI. «Me gusta salir, pasarlo bien y estar con mis amigos. Soy aficionada a bailar y a los idiomas», afirma. En su tez morena brilla con fuerza un piercing en su labio superior. Es la primera Meiga de la historia que lo luce. «Tatuajes no tengo porque son para toda la vida y no quiero tener ningún dibujo en mi cuerpo cuando sea mayor», dice convencida. ?hí la tienen. El sábado respondió a 19 preguntas ante 32 personas. «Me puse más nerviosa cuando gané que antes. No lo hice del todo mal», recuerda. Hace dos años colaboraba con la organización y ahora es la reina. Afirma que sus padres están encantados, «se les caía la baba», reconoce. No sabe muy bien cuáles serán sus cometidos a partir de ahora, pero el viernes estará en Madrid. La Meiga de Fitur. El hombre de los diez cupone s Qué sensación tan placentera debe experimentarse cuando un domingo, en plena cuesta de enero, te tocan 25.000 euros. Diez cupones con el número 95.056, agraciados cada uno con esa cantidad, vendió Carlos González Fuentes en su céntrico puesto de la calle Pontejos, esquina a San Nicolás. 250.000 euros en total. «Fue una pena porque no pude dar el premio especial, ese de 6.000 euros al mes durante 25 años, y porque de otro número vendí 50 cupones y hubiese sido mucho más dinero», explica el vendedor. Con simpatía recuerda que en 1989 repartió dos millones y medio de pesetas. «Entonces también vendí la misma cantidad. Parece que soy el hombre de los diez cupones», afirma sonriente, aunque no tanto, evidentemente, como los premiados. ?Contaba el gran torero Curro Romero que, para él, el mejor público era el del tenis. Para mí es el de A Curuña, carallo». Ése fue uno de los numerosos guiños que el cantante jienense brindó a los cerca de dos mil incondicionales que tuvieron la fortuna de poder presenciar el concierto que, el pasado domingo, ofreció en el Palacio de la Ópera dentro de su gira Ultramarina . El compositor no defraudó a nadie, y, además de «maestro», algunos de los asistentes lo compararon con «un dios, que bajó del cielo para cantar y recitar». De hecho, uno de los fans más espontáneos llegó incluso a saltar al escenario y a abrazarse al músico para comprobar que, efectivamente, era de carne y hueso. Joaquín Sabina , que durante gran parte del recital actuó con un sombrero, confesó que lo hacía porque así tenía oportunidad de sacárselo «para agradecer los excepcionales coros de un público como el coruñés».