HERCULÍNEAS | O |
10 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.ME CUESTA concentrarme y escribir sin un pitillo en la mano. Lo intento y no me sale una columna. Me sale una voluta, una chorrada como el filtro de un Marlboro: Me gusta cuando fumas porque estás como ausente; puedo escupir las flemas más negras esta noche; en un lugar del estanco de cuyo nombre no quiero acordarme... A mis pulmones ha llegado, tirando por lo bajo, el contenido de 186.150 cigarrillos. Ahora voy camino del 186.151, porque para hacer cálculos, como para escribir, como para poner una lavadora, como para leer o para ver la tele, para saborear un café o una copa, necesito meterme isocianato metílico, alquitrán, nicotina, benceno, cianuro, acetona, amoníaco, butano, monóxido de carbono, DDT, formaldehido, plomo, metanol, naftaleno, nitrosaminas... un cigarrillo, resumiendo. Todo empezó un aciago día de hace 17 años. Fúmate uno. No, que me mareo. Que sí, hombre, ya verás qué guay. Y hasta ahora, 22 días antes de que entre en vigor la ley antitabaco. El qué guay todavía resuena en mi cabeza. Qué pena haber perdido el teléfono de aquel amigo. Que no, chaval, que no engancha, que yo fumo sólo cuando quiero... Creo que el primero me lo metí para que dejara de insistir. Fue un error al que se han sumado ya 186.150 más. Mañana alcanzarán la cifra de 186.171, porque a estas alturas no voy a engañar a nadie, y menos a mí mismo. Sé que el final está ahora más cerca. Me he apuntado a un curso de desintoxicación. Cuando me desenganche se lo dedicaré a Vanessa, que soporta mis malos humos desde hace 6 años, 2 meses y 3 días. Y que arquea una ceja cada vez que le anuncio: Mañana lo dejo. laureano.lopez@lavoz.es