Leonor y Adrián

A CORUÑA

HERCULÍNEAS | O |

31 oct 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

ADRIÁN nació el 29 de septiembre en el sanatorio Modelo. En la puerta no había cámaras de televisión. Tampoco llovía, aunque según el hombre del tiempo en Galicia siempre lo hace. En vez de hacerse esperar, se portó como un hombretón y decidió salir a la vida a una hora normal. Lo hizo a la una del mediodía, dos horas después de que a su madre, Luisa, la ingresarán en el centro médico. Rosa, la encargada de hacer realidad el milagro de la vida, también tuvo que practicar una cesárea que aún tiene a la madre algo dolorida, pero que permitió que, parafraseando al Rey y a la Reina, esa figura redondita de 50 centímetros luciera en todo su esplendor desde el primer día. Pesó un poco menos que Leonor, unos 3,300, y la habitación de la clínica, la 114 -una buena terminación para la Navidad- le recibió por la tarde en medio de una lluvia de flores y bombones que aún hoy se conservan. Leonor representa a la generación que llevará el peso de España en el segundo cuarto del siglo. Adrián es un ejemplo más de que la normalidad nos iguala. No será Rey -salvo braguetazo muy improbable o éxito en algún deporte que le permita ganar lo suficiente para comprar una isla y coronarse a sí mismo-, pero a él también le tocará trabajar para sacar adelante una España en la que parece que tener un niño es una hazaña sideral. Por eso hoy, cuando todos los focos están centrados sobre Leonor, yo me acuerdo de Adrián, de su madre, Luisa, su padre, Manuel, y sus abuelos Paquito, Luisa, Fina y Pepe. Ah! Adrián es mi ahijado. francisco.espineira@lavoz.es