Estampas otoñales

A CORUÑA

HERCULÍNEAS | O |

18 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

DE MIS muchas tardes de infancia en la Santaia natal de mi padre, el otoño me dejó en la retina y en el paladar un sabor a castaña que cada mes de octubre asalta mi cerebro y me devuelve a mis primeros años de vida correteando entre erizos repletos de ricos frutos. He vuelto por allí después de tres semanas y me he encontrado de frente con ese paisaje verde y espinoso con el que tanto disfrutaba de pequeño. El erizo se convertía en un improvisado balón o en un arma arrojadiza. Y cuando uno se aburría, siempre quedaba la oportunidad de abrir uno de ellos para degustar la castaña roja y con ese extraño sabor entre dulce y amargo que ya no tienen hoy en día. La casa de la abuela Consuelo tenía una lareira de las de toda la vida donde oír crepitar las brasas en las que se doraba la castaña era un placer. Hoy, aquellas piedras mágicas que lo mismo servían para hacer un pote de caldo que para preparar los chicharrones, han sido sustituidas por una cocina bilbaína en la que mi tía Celia sigue haciendo maravillas con los productos más enxebres. Viene esto a cuento porque el otoño es también estación de lluvias, del regreso a casa y de las pequeñas depresiones que nos hacen ver el verano que acaba de pasar tan lejos como el regreso a la normalidad de los camioneros en huelga. Yo también quiero que me rebajen el gasóleo, pero no creo que ello me dé derecho a pincharle las ruedas a un compañero que, para reponerlas, tendrá que pagar varios miles de euros. ¿O es que esas reparaciones se las van a subvencionar los piquetes? francisco.espineira@lavoz.es