Las actividades extraescolares y los abuelos se convierten en los mejores aliados de los padres Cuatro familias relatan su batalla diaria ante el comienzo del curso escolar
11 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Las vacaciones estivales llegan a su fin. Los pequeños vuelven mañana al colegio, se reencuentran con sus amigos y pisan de nuevo las aulas, casi olvidadas después de tres lagos meses... Y empiezan los quebraderos de cabeza para los padres. Unas horas en la vida de cuatro familias demuestran que los obstáculos que se encuentran a diario para ofrecer una educación a sus hijos no son demasiado diferentes: la incompatibilidad de los horarios, el recurso de las actividades extraescolares para tener a los pequeños ocupados y la necesidad de recurrir a la familia para que atiendan a los críos son los más comunes. «Tengo ganas de volver» A Irene y Miguel, de 7 y 5 años, mañana y el martes les tocará empezar 2º de primaria y 3º de infantil en la Compañía de María. «Tengo ganas de volver, pero tampoco tantas, ¡eh! Sólo unas pocas por ver a mis amigos», dice Irene mientras acaba las actividades del cuadernillo de verano que su profesora les recomendó para repasar el curso y preparar el siguiente. Miguel tiene más ganas de poner fin a sus vacaciones. «Me gusta muchísimo el cole y quiero ir para ver a mis amigos. ¡Pero lo que más me gusta de ir al cole es la sopa!», relata entusiasmado. Irene y Miguel tienen que comer en el colegio porque los horarios de sus padres, José Manuel López y Marián Juárez, son incompatibles con los suyos. Así aprovechan las horas posteriores al almuerzo para realizar algún ejercicio físico. «El deporte y las actividades artísticas son fundamentales para el rendimiento, la disciplina y las relaciones con otros compañeros», dice Marián. Por eso fomentan en sus hijos el gusto por los deportes y dedican los fines de semana a practicarlos con ellos. Antonio Blanco y María José Ameijeiras aprovecharon los últimos días para comprar todo tipo de material escolar y libros. Aunque tienen un pequeño respiro, porque su hijo Brais, de 9 años, tiene los libros gratis. A Raquel, de 5, no le afecta la nueva medida tomada por la Xunta. Compatibilizar los horarios es su gran caballo de batalla. María José trabaja en un negocio familiar y no cierra ni siquiera para comer, mientras que Antonio lo hace a turnos. «Andar corriendo de un lado para otro es lo que peor llevan. Prisas y agobios de horarios. Los niños están estresados por culpa de los adultos. Es una pena, pero es así», relata María José. Las actividades son el primer clavo al que agarrarse: las tienen después de comer y cuando salen de clase, a las 17.30. Cuando acaban, llega el recurso de los abuelos. «Si no tuviera a mis padres, no sé qué haría», confiesa María José. Los fines de semana son un pequeño oasis en medio de tanto ajetreo, cuando Brais y Raquel se convierten en los reyes de la casa. Su madre les dedica la tarde del sábado y todo el domingo, y les da lo que le pidan. Los pequeños, por su parte, no se muestran reticentes a la hora de volver a las aulas. «Tengo muchas ganas de empezar para ver a los amigos, ir de excursión, porque empiezo el fútbol y por muchas cosas. Por todo menos por estudiar. ¿Sabes lo que no me gusta del cole? El comedor. Es que no me gusta nada», dice Brais rotundo, antes de confesar que otro de sus lugares favoritos es la tienda de su madre... porque le roba golosinas. Los dibujos en la tele y todo preparado para que Sabela (9 años) y Lidia (4) desayunen y se preparen para marcharse al Hogar de Santa Margarita, donde estudian. Pero el desayuno no es el mejor momento del día, y a las niñas no les gusta nada madrugar. «Tardan tres horas y no comen nada», dice María Jesús mientras intenta que se terminen el zumo y la leche. Pero la batalla está perdida. Las abuelas ofrecen un apoyo excepcional a Pedro y María Jesús, ambos trabajadores. Sabela y Lidia son dos asiduas de las actividades extraescolares. Primero, porque disponen de dos horas muertas a mediodía, después de comer (uno de los peores momentos del día, por cierto, para Sabela, que no es precisamente una entusiasta del comedor). Segundo, como relatan sus padres, también se trata de inculcarles la necesidad de relacionarse con otros niños, algo que han asumido sin ningún problema. La gimnasia les encanta a las dos, sobre todo a Lidia. «Todos los días por la noche me pregunta: 'Mamá, ¿mañana me pones chándal?'». Pedro y María Jesús son dos ejemplos de padres previsores. «Nosotros no somos de los que dejamos todo para última hora», apostilla ella. Los libros los compraron a principios de agosto, en cuanto recibieron la lista. Ya tenían un repuesto del uniforme, adquirido a mediados del curso pasado, por lo que únicamente necesitaban zapatos nuevos. Su previsión llega al punto de que desde hace unos días acuesta a las pequeñas temprano, para que vayan cogiendo el ritmo. A la hora de hablar de ganas de empezar el colegio, la madre está la primera en la lista. En su opinión, las vacaciones son demasiado largas, deberían estar mejor repartidas a lo largo del año y no tan concentradas en el verano, cuando es más complicado compaginar el trabajo con atender a las pequeñas durante todo el día. Los fines de semana ofrecen un respiro. Los sábados son para las compras, mientras que los domingos se dedican a pasear. Fátima (12 años) y Javier (11) llevan fatal lo de madrugar, pero el autobús pasa temprano y no tienen otra forma de llegar a los centros escolares donde estudian. Ella en el instituto de Pastoriza y él, en el colegio de Galán. Por suerte, la parada es la misma. Un familiar se encarga siempre de llevarlos y recogerlos. En su caso, no comen en el colegio, sino en casa, pero no por eso están exentos de actividades. De hecho, no fallan un sólo día de la semana. «Se trata de que no se queden solos en casa toda la tarde, que nosotros no estamos», explica la madre, Mercedes Bértoa. Tanto ella como su marido, Alfonso Morís, trabajan en A Coruña, lejos del hogar familiar, en Rañobre (Arteixo). Una vez más, los abuelos son una pieza clave. «La ventaja es que tengo a mis suegros al lado, porque si no, no podría trabajar como lo hago», admite Mercedes. Los chavales no tienen excesivas ganas de empezar, sobre todo Javier. Lo que peor lleva Fátima es lo de ir a clase con el ordenador portátil que tuvieron que comprar a través del instituto, y que, según su madre, le hace ir «supercargada».