HERCULÍNEAS | O |

31 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

SIEMPRE quiero volver a la ciudad. Se lo confieso a ustedes, a pesar de que llevo horas dando la razón a mis compañeros en que el primer día es horrible (el no tener carácter para llevar la contraria). Pero es que casi se me encoge el corazón incluso al toparme con el más borde de mis vecinos. Hasta entrañable le vi cuando le gruñó a mi perro. No tuve ni que sufrir para madrugar, porque el estruendo de una de las múltiples obras que tiene Cuatro Caminos como Sarajevo le tomó la delantera a mi despertador. Y no me desesperó el eterno atasco de la ronda de Outeiro, ni esta niebla nuestra que te hace salir a la calle por la mañana amanturrado y al mediodía parece que te han dado el alta en el hospital. La verdad es que casi me alegré de oler a lo que huele en la ciudad y toparme con excrementos varios sembrados por mi calle cual minas anti persona. Me puse tontorrona, qué quieren que les diga. Y eso que después de cuarenta y cinco días, ni el camarero que me sirvió el break de media mañana durante meses se acordaba de mi cara. Le entiendo. Un día de trabajo basta para borrar el disco duro de las vacaciones y sentir que fueron hace milenios, y... Y volver a desearlas, claro. beatriz.abelairas@lavoz.es