«Cada día es una aventura»

Pablo Pazos A CORUÑA

A CORUÑA

FOTOS: JOSE C. PÉREZ

Reportaje | Obstáculos para discapacitados Javier Mouriño se enfrenta a diario, sentado en su silla de ruedas, a bordillos demasiado altos, rampas excesivamente pronunciadas y plazas reservadas ocupadas indebidamente

02 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

Un bordillo de treinta centímetros de altura. Lo que para cualquier persona no supone un gran contratiempo se convierte en un problema de primera magnitud para una persona que se desplaza en silla de ruedas. Javier Mouriño conoce, desde hace dos años, la frustrante sensación de verse incapaz de superar por sí mismo esta y otras barreras levantadas por el incumplimiento de las normativas de la Xunta y, en un plano más amplio, por la falta de sensibilidad. En el caso de Javier, sus 50 kilos y su silla manual, más ligera que las eléctricas, permiten que una segunda persona le eche una mano. Pero como él mismo reconoce, el listón hay que colocarlo en la persona con la mayor discapacidad imaginable. «Si el que peor está, está bien, todos estamos bien», resume con sus propias palabras. Rampas imposibles Los problemas a los que ha de enfrentarse una persona en silla de ruedas van más allá de los bordillos. Una rampa excesivamente pronunciada puede convertirse en un auténtico tormento. Y no menos irritante resulta advertir que una plaza de aparcamiento reservada a los minusválidos está ocupada por una persona sin problemas de movilidad. Numerosos locales de ocio, como bares, restaurantes y cines, son campo abonado a este tipo de situaciones. Pero resulta chocante que la lista se engrose con dependencias de organismos oficiales, denuncia Javier, cuando estas deberían ser las primeras en cumplir la normativa. Un ejemplo, de tantos, lo encontramos en la rampa de acceso a la entrada principal del centro de salud de Matogrande. Como se aprecia en la tercera imagen, es demasiado estrecha: tiene una anchura de un metro, en lugar del metro y medio que marca la normativa, y pierde otros diez centímetros por culpa de una barra. Javier se considera, hasta cierto punto, un privilegiado, al poder utilizar un coche. Eso sí, hubo de realizar una adaptación que le permite acelerar y frenar con unas palancas situadas junto al volante, como muestra la cuarta imagen. El precio, 1.800 euros. Caro, según él, aunque más barato que un cajeado, operación que consiste en habilitar el maletero para instalar una rampa por la que introducir la silla de ruedas, y que sale por alrededor de 6.000 euros. En la lucha por terminar con estas barreras están la Asociación Grupo de Minusválidos, de la que es socio Javier; a su vez, presidente de Asmica, en Cambre. Si su labor prospera, tal vez Javier cambie la nota que le da a A Coruña a día de hoy: un 5.