QUEEN ES para mi generación -la de los treintaypocos- algo más que un grupo de música. Recuerdo aquellas primeras canciones en cinta virgen que un amigo de un amigo del hermano de otro amigo había copiado por enésima vez. No me sale de la cabeza aquellas tardes chapurreando inglés en versiones que en nada tiene que envidiar al Aserejé que años después ha servido para que un trío de jovenzuelas haya pegado un pelotazo que ni el del Gordo de Cambre. La gloria quiso llevarse a Freddy Mercury con el mal de los noventa, el Sida, pero con él no desapareció su música, sino que se hizo más grande. Por eso, que el Coliseo se convierta durante tres días en el templo de los queenmaníacos me parece una gran noticia. La oferta cultural de una ciudad es parte de su riqueza, de su poder de atracción y que en apenas un par de semanas A Coruña sea capaz de compartir hechos tan dispares como la Sinfonía de los mil de la Sinfónica, la inauguración de la estatua de John Lennon y el estreno del musical de los herederos de Freddy Mercury es un gran avance que se merece para este fin de semana una gran respuesta popular. Tanta que incluso puede que venga Brian May al Coliseo. francisco.espineira@lavoz.es