Con la casa a cuestas

A CORUÑA

XOSÉ CASTRO

En directo | La mudanza de los afectados Con mucho cansancio, los desalojados de Orillamar carretaron sus bártulos por segunda vez en una semana para trasladarse del hostal Miau a un hotel en Adormideras

22 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

?o es fácil ponerse en el lugar de alguien que está a punto de perder su casa. «No es fácil, porque hay que vivirlo», dicen una y otra vez los desalojados de Orillamar. Lo intentas, porque, después de una semana a pie del derrumbe, acabas conviviendo con ellos, en la calle, en el bar del hostal Miau y, ahora, en el vestíbulo del hotel de Adormideras, su nuevo alojamiento. El jueves 14, el día del desplome, tenían las caras desencajadas. Respondían a las preguntas de los periodistas entre la incredulidad y el aturdimiento, y repetían que esta desgracia la venían venir, que las grietas lo estaban anunciando desde hacía semanas y que nadie les había hecho caso. Ahora, sus caras muestran algo más: mucho cansancio. La mayoría lleva sin dormir ocho días. Se acuestan en la cama, según dicen, y no pegan ojo. Como mucho, tres o cuatro horas. Ayer tuvieron que levantarse muy pronto para hacer la segunda mudanza en una semana. Hubo quien, a las ocho de la mañana, ya tenía todas las maletas hechas y estaba camino de Adormideras. Otros aprovecharon para descansar algo más. «Mi hijo sigue en la habitación, no sé si despertarlo». «No te preocupes, déjalo que duerma un poco más», le respondía Concha, la gerente del hostal Miau. Ella se ha volcado en atender a sus vecinos, y siempre ha tenido una palabra cercana. «Es que nos ha tratado como si estuviéramos en casa. Si por mi fuera, me quedaba aquí y no me cambiaba a otro hotel». Sin embargo, las plazas del Miau estaban reservadas para las próximas semanas desde hacía tiempo. Poco a poco, a lo largo de la mañana, todos los propietarios e inquilinos del número 8 de Orillamar fueron trasladando sus bártulos y sus mascotas de compañía (en el edificio hay tres canarios). No había hora límite para hacerlo, ni siquiera las doce del mediodía, cuando supuestamente deben dejarse las habitaciones. Sin embargo, la mayoría prefirió terminar antes de la hora de comer, ayudándose unos a otros o buscando coches de carga entre los amigos y familiares. Una vez allí, en el hotel de Adormideras, se acomodaron en las nuevas habitaciones y ojearon la cafetería por si se encontraban con alguno de los otros desalojados, los de Veramar. Pocos se dejaron ver, sólo Santiago Fontenla, que no por este incidente faltó a su cita de todas las tardes en la plaza de España.