En directo | Los vecinos se adaptan a la situación
15 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.?arlos es uno de los vecinos del número 8. Tiene 15 años y ayer no pudo ir a clase (con permiso de su madre, puntualiza) porque no durmió en toda la noche. Los nervios, como a todos los demás, le impidieron conciliar el sueño. Sentado en el bar del hostal Miau, donde se alojan la mayoría de las siete familias afectadas, escucha lo que los demás comentan: «Cogimos la ropa, la documentación... lo básico y salimos corriendo», «yo llegué una hora tarde a trabajar, pero creo que los demás no tuvieron problema, porque la mayoría es gente mayor, jubilada...», «mi hijo me encargó que le comprara pasta y cepillo de dientes, y le cogiera más ropa, pero hasta que vengan los bomberos no puedo entrar en el piso». José María Vázquez y su mujer Amalia (del segundo derecha) amanecieron ayer con una sensación de «intranquilidad» que no saben cuánto tiempo tardará en desaparecer. De hecho, a Amalia, cuando la saludan por la calle y le dan muestras de ánimo y apoyo enseguida se le enrojecen los ojos. Otra de las vecinas, más tranquila que el día del derrumbamiento, ya admite hablar con la prensa: «Es que cuando ocurrió no podía decir nada, estaba muy mal de los nervios». Comida Después de una mañana ajetreada, de reuniones, de revisar las obras, de entrevistas con concejales y de, incluso, una visita al alcalde (él mismo acudió al número 8 de la calle Orillamar para comprobar los daños en el inmueble) los vecinos se pudieron sentar a comer a las dos y media de la tarde. El Ayuntamiento llegó a un acuerdo con dos restaurantes de la zona para que les proporcionen la comida y la cena sin tener que desembolsar un euro. «¡Faltaría más!», exclamaba alguno. En uno de ellos el menú es a 6 euros. En otro, a 7. Un precio especial para unos clientes especiales. «Tenemos una lista de 19 personas, aunque los afectados son 17, porque resulta que en uno de los pisos estaban pasando unos días unos familiares», explicó ayer el cocinero de uno de los restaurantes. Y ayer, antes de volver a la cama del hostal, hubo quien advirtió sobre un canario cantarín: «Si a alguien no le deja dormir, que avise». Es que, de los tres canarios de la comunidad, hay uno que se le da por empezar a lanzar gorgoritos a las seis de la mañana.