La miñoca triunfa en Europa

Ramón Castro A CORUÑA

A CORUÑA

Reportaje | Los otros pescadores Los gusanos que crecen en las playas coruñesas se venden en Barcelona, Valencia, Francia e Italia. Más de diez profesionales se ocupan de su captura en el mar

09 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

Miñoca, lombriz, gavilán. Son muchos los apelativos con los que se conoce en Galicia a los gusanos que crecen en el mar, cerca de las playas. Lo que no es tan conocida es su explotación comercial, a pesar de que la captura y venta de la miñoca comenzó hace ya varios años. En A Coruña, más de diez profesionales se dedican a ello. Cogen con sus propias manos (con guantes) los gusanos, preferentemente en las playas de Riazor, Orzán y Suevos, y los envasan después en pequeños talleres con destino a la exportación. Las lombrices recogidas en los arenales de la ciudad se distribuyen sobre todo en localidades del Cantábrico y en toda la costa mediterránea, desde Valencia o Barcelona hasta Francia e Italia. Las miñocas llegan vivas a los consumidores finales, que son pescadores de mar y las utilizan como cebo. «Es un cebo muy apreciado, porque aguanta bien en la caña, sin romperse, y además para los peces es un manjar», explica Gustavo Rodríguez, que tiene una experiencia de siete años en el sector. Cada bicho, como también les llaman en el gremio, tiene un precio mínimo de 20 céntimos. Algunos llegan a medir 40 centímetros de largo, y mueren en contacto con el agua dulce. Un bicho fino Rodríguez indica que la demanda de gusanos crece en esta época, ya que los aficionados a la caña suelen practicar más a menudo en primavera y verano. Él suele faenar en la playa de Riazor, frente al colegio de las Esclavas, y aporta su particular visión de las miñocas. «Es un bicho muy fino -dice-, suelen concentrarse donde tienen comida, como algas o restos de peces, pero, en cuanto la arena se pudre, se van». Añade que son escurridizos, que intentan huir en cuanto se sienten en peligro. Según afirma, hace algunos años la costa de Suevos era uno de los mayores criaderos que se conocía en la provincia. Probablemente, las lombrices se regalaban grandes festines con los restos orgánicos que generaba el matadero que estaba ubicado allí. «Las cogíamos por toneladas casi sin esfuerzo», recuerda Gustavo Rodríguez.