Entrevista | Julio Llamazares
15 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Llevaba siete años sin publicar, aunque él asegura que ha sido la etapa en la que «más he escrito en mi vida». Todo ese tiempo se ha traducido en un guión, 400 páginas de un futuro libro de viajes y El cielo de Madrid , la última novela de Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) que ayer vino hasta A Coruña para presentarla. -Yo creo que La lluvia amarilla es una novela muy urbana, aunque hable de un pueblo. Nadie puede decir que El Quijote , Pedro Páramo o Cien años de Soledad sean novelas urbanas o rurales. De todas formas, no tengo conciencia de haber pegado ningún cambio ahora. -¿Qué le lleva entonces a escribir de Madrid después de tanto tiempo viviendo allí? -Necesitaba que pasara el tiempo para escribir sobre ese Madrid -el de los años 80- y sobre una serie de temas que se tratan en el libro, como el paso de la juventud. Haber nacido en un pueblo minero me ha dado una concepción mineral de la literatura. Te explico: los vegetales se pudren bajo tierra y acaban convertidos en carbón, y entonces lo extraen los mineros; con la literatura pasa algo parecido, son recuerdos que se pudren y que extrae el escritor. -Dice siempre que todas las novelas son autobiográficas y hace de sus vivencias la base de sus libros. «El cielo de Madrid» no parece una excepción. -No lo es. La lluvia amarilla habla de recuerdos de mi infancia, igual que Escenas del cine mudo y Luna de lobos hace referencia a los cuentos que me contaban cuando era un niño. El cielo de Madrid habla de los años 80 que yo viví, aunque en realidad la idea de esta novela se me ocurrió muchos años antes. Fue cuando tenía doce años y me mandaron interno a El Pardo, en Madrid. Era la primera vez que hacía un viaje más o menos largo desde mi pueblo y cuando atravesé el túnel de Guadarrama y vi las luces de Madrid de noche me quedé alucinado. Así que es una novela que me ha llevado 37 años escribir. -¿El limbo -el pub donde arranca su última obra- también existe? -Sí, aunque ahora es de otra manera y van muchos críos. Yo creo que siempre hay que tener un bar de cabecera. Un sitio al que poder llegar y encontrar gente sin necesidad de quedar con nadie. En realidad, El limbo de la novela es una mezcla de dos bares, uno éste del que te hablo y otro uno que fue muy famoso y ya no existe, El avión, donde se comían pipas y había un pianista que se llamaba César. -Como el del libro. -Sí. Lo cierto es que estuve buscando otro nombre para el pianista de la novela, pero no conseguía que ninguno me cuadrase bien y al final dejé a César. La verdad es que más allá del bar, lo que se retrata en esas primeras páginas es un estado de ánimo. El final de aquellos tiempos en que la vida no te exigía demasiado. -Al producirse ese cambio, al protagonista le llega la fama y es justo cuando peor lo pasa. ¿También con eso se siente identificado? -Lo de la presión sí que me pasó, pero supe dar un paso atrás, que es tan importante como dar un paso adelante. Yo creo que el éxito es tener lectores. Huyo de lo demás. -Después de haber tocado todos los palos literarios, ¿con cuál se queda? -La poesía es el género por excelencia. Una obra que no tiene la poesía como sustrato no me interesa. Lo que ocurre es que el mercado ha sacralizado la novela. Es lo que más vende y lo que más te piden, aunque yo no hago mucho caso de lo que me piden. Soy un privilegiado que no ha escrito nada que no quisiera. - ¿Qué proceso sigue para escribir? -No me pongo a pensar en un proceso antes de escribir. Creo que empiezo a pensar en ello cuando me hacen estas preguntas y entonces contesto, y si lo que se me ocurre me suena bien lo repito en otras entrevistas. De todas formas, todo arranca de la memoria. Lo dijo Lobo Antunes: «La imaginación no es más que la memoria fermentada». Yo estuve en un pueblo abandonado y me produjo un sobrecogimiento porque tenía recuerdos de mi pueblo. Hay madrileños que ven eso y sólo dicen «qué bonito». Desde ese punto, por ejemplo, escribí La lluvia amarilla . Pero al final ese libro gira en torno a una idea que años después resumí en un artículo sobre el penalti de Djukic, que tiene el mismo final que el protagonista: tanta pasión para nada.