HERCULÍNEAS | O |
29 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.ES la cantinela de todos los años: «Estas fiestas no me gustan porque siempre falta alguien». Se lo repetía un parroquiano a un camarero en un bar de Cuatro Caminos. Insistía una y otra vez en sus argumentos, apoyados desde el otro lado del mostrador. Era el estéril choromicar por los ausentes y hacer invisibles a los presentes. Los pobres, los marginados, saben que lo son porque nadie les mira a los ojos, no los vemos aunque estos días, en medio de tanta luz, de tanto alumbrado, hagan mayores esfuerzos por hacerse visibles. Era lo único que pedía, a gritos, un aparcacoches a un conductor en la explanada del Palacio de Deportes: «¡Mírame a los ojos, tío, que no soy un perro!» A veces hay ausencias satisfactorias, gratas, incomprensibles para algunos: cuando en tu trabajo, sin dejarte tirada, ponen a otra persona que lo hace mejor; cuando quienes necesitaban una mano ya caminan sin apoyos; cuando es fácil diluirse, como el humo, sin que apenas se note el vacío... En estos tiempos de nostalgias, habría que volver a entonar aquel gracias a la vida, por los que están ahí, por los que miran a los ojos, por los sembradores de sonrisas y hasta por los choromicas que ponen el contrapunto a los que se alegran con los presentes, sin olvidar a los ausentes. manuel.rodriguez@lavoz.es