HERCULÍNEAS | O |

28 dic 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

ALGO DEBE funcionar mal, algo tiene que haberse averiado en los engranajes de esta ciudad, cuando escribir sobre A Coruña empieza a parecerse sospechosamente a una necrológica. A este paso, en lugar de Herculíneas habrá que llamar a esta columna, colgada en una esquina de La Voz de A Coruña, no sé, Automoribundia , si Ramón Gómez de la Serna nos presta el título. A los treinta y pico se supone que uno no puede tener la mirada enferma de nostalgia por mirar compulsivamente al pasado. Pero, claro, también se supone que a esa edad todavía no le han robado a uno media Coruña, es decir, media vida. Porque media biografía se la ha tirado uno en el rincón, entrando a mano derecha, del café La Barra, amparado por su ventana inmensa y por la luz filtrada por la lluvia que escupe la calle Luchana. A este paso, las noticias de Local las vamos a tener que pasar a la sección de esquelas, ya saben, los amigos de La Barra ruegan una oración por el eterno descanso de su alma, amén, y esas cosas. Cerradas todas las Barras y todos los cines París, el llamado centro urbano será una infinita colección de franquicias yanquis, bancos y tiendas clónicas, y, después de las diez de la noche, el último que apague y cierre la puerta. luis.pousa@lavoz.es