El paso de los años ha quitado la razón a quienes colgaron las etiquetas de elitista y obrero a las dos populosas áreas residenciales de A Coruña Uno creció alrededor de una rotonda y el otro de un centro comercial. De la nada a la referencia. Los dos barrios más jóvenes de la ciudad se han convertido en el punto de mira de una población joven que evita el éxodo a la comarca. Hasta ahí las similitudes. Las diferencias las marca el ritmo de vida en uno y otro polígono
20 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.. Hace siete años, el colegio Liceo La Paz tenía dos aulas de educación infantil. Hoy cuenta con ocho grupos. Hace siete años, apenas una panadería y un quiosco daban servicio a los primeros ocupantes de un barrio que nació con la etiqueta de elitista. «Es cierto que Matogrande nunca fue barato, pero al principio era asequible y hoy es prohibitivo de verdad», explica un promotor inmobiliario. Las cifras las da Antonio Ferreira, el presidente de la asociación de empresarios de Matogrande: «El metro cuadrado está ahora a 2.500 euros, da igual que sea una vivienda o un bajo comercial. Y un dúplex grandecito, de 120 metros, ya pasa mucho de los 270.000 euros». Todo es más caro en Matogrande, hasta el desayuno. «Llegué aquí desde A Barcala, y allí tomaba el café y el cruasán por 1,20. Ahora tomo lo mismo y me cobran 1,85». Habla una joven que, como el resto de los vecinos del barrio, quita hierro a lo negativo y sólo habla de lo positivo. «Aquí hay mucha vida, y cada vez más niños. De hecho, la zona de juegos ya se queda pequeña», explica David Alba, el único presidente de la única asociación de vecinos que ha tenido Matogrande, Novo Centro. Piensa durante un momento y habla de lo que ya no le gusta tanto: «Pues lo de siempre. Que hagan de una vez el polideportivo y un aparcamiento subterráneo. Estamos francamente cansados de la doble y triple fila». Para ello se cuenta, anexa a los nuevos hoteles, con una parcela destinada a usos deportivos que sería la idónea. También ven ideal los vecinos un terrenito junto al centro de salud para ampliar la zona de juegos infantiles. Sólo la primera copa Pero si de algo presumen los que viven en Matogrande es precisamente de eso, de vivir. Hinchan pecho cuando cuentan que han conseguido que esa primera idea de crear un barrio de marcha nocturna no se les fuera de las manos. «Esto sigue siendo un punto de encuentro tranquilo. La primera copa se toma aquí, y los que quieren seguir la noche se van. Aquí se vive el día a día». Lanzan dos últimas peticiones desde la asociación de vecinos. «Un supermercado grande y que arreglen las aceras, sobre todo delante de los vados». . Sí, los que viven en Los Rosales hacen piña cuando se trata de hablar de su barrio. «¿Sabes por qué? Porque vinimos casi todos a la vez, y entonces, hace siete años, era un lugar lejano a casi todo. Había que asentarse aquí y vivir», explican desde la asociación de vecinos. Su presidenta, Marga Queijo (joven, como una gran parte de los vecinos de la zona), no se cansa de repetir que hace falta más apoyo del Ayuntamiento. «Es que es urgentísimo un centro cívico, no hay donde organizar actividades para las personas mayores», se queja. Y es que, si en Los Rosales hay muchos jóvenes con niños, también muchos matrimonios mayores que siguieron a sus hijos cuando se casaron y montaron su vida en el barrio que entonces se presentaba como el más asequible de la ciudad. «Antes sí. El mío, de 65 metros, costó hace 5 años 84.000 euros, pero el año pasado me daban 150.000», cuenta una vecina. Quizá por eso se explica que funcione cada vez más la reventa en la zona. «De todas formas, la gran mayoría de los vecinos vino para aquí al principio y se quedó», explican desde la asociación de vecinos. Los empresarios No tan optimistas son los empresarios. Su presidente, Enrique Martí, cree que en el barrio aún se están pagando las consecuencias de haber dicho no a la cárcel. «Si es que aquí no hay nada. Para el Ayuntamiento de A Coruña Los Rosales acaba en las torres de la entrada, en donde el centro comercial. Después ya no hay nada», se queja. Y añade: «¿Me dices qué quiero pedir? Pues donde no hay nada... ¡todo!». No son de su opinión la mayor parte de los vecinos que, cada tarde, al mínimo rayo de sol que asoma, llenan hasta los topes una plaza Elíptica que se tildó de «exagerada» cuando se construyó y que ahora, en las horas punta, se queda pequeña. Ellos piensan que en Los Rosales se hizo realidad aquel lema de «un lugar para vivir». «Es que es verdad. No hay agobios y la gente está tranquila», matiza Marga Queijo, que reconoce que, desde que llegó a la asociación de vecinos, ha visto también las carencias del barrio: «Insisto. Somos muchos. Queremos un centro cívico. Y también más seguridad en el tráfico, que los coches van cada vez más rápido».