HERCULÍNEAS | O |

19 nov 2004 . Actualizado a las 06:00 h.

CUANDO uno escribe, cuando uno le da al manubrio de las palabras, tienden a sucederle las cosas más extrañas. No se trata de que el columnista sea raro, sino que de tanto cruzar en la mollera verbos, sustantivos y adjetivos, resulta que acaba atrayendo sobre él las más asombrosas casualidades. Uno puede empezar una semana cualquiera un 15 de noviembre, confiado en que la rutina se deslizará sin sobresaltos hasta el viernes por la noche y, de pronto, se sorprende leyendo que un personaje del segundo capítulo de 2666 , la novela póstuma de Roberto Bolaño, ha colgado del tendal, para que se airee, un libro de Rafael Dieste titulado Testamento geométrico , precisamente en esa edición de 1975 que un día cualquiera de agosto de 1998 le regaló Guillermo Escrigas en la librería laberíntica de O Castro. El miércoles uno abre el periódico, con la esperanza de tomarse una dosis de realidad que espante los fantasmas del azar para leer, estupefacto, que un niño de dos años le ha soltado a la compañera Rosa Domínguez: «Mamá es un pez», exactamente la única frase que pronuncia Vardaman en la página 67 de Mientras agonizo , publicado por William Faulkner en 1929. Para que luego digan que el azar no existe. Sólo hay que tentarlo con palabras. luis.pousa@lavoz.es