Crónica | Foro sobre la eutanasia Los recuerdos de dos amigos del tetrapléjico sonense aportaron los momentos más emotivos a un debate sobre el derecho a morir dignamente organizado por el Foro Cívico
21 oct 2004 . Actualizado a las 07:00 h.?amón Sampedro, trasladado hace poco al celuloide por Alejandro Amenábar, es el más conocido, pero no el único. También está Charlotte Wyatt, un bebé prematuro que vive en una urna de cristal y a la que un juez le ha reconocido hace poco su derecho a morir, en contra de la voluntad de sus padres. Y una canadiense afectada por una enfermedad respiratoria que en 1992 logró que los tribunales le permitiesen rechazar un pulmón artificial. Y una mujer que llamó hace un año a las puertas de la Asociación Dereito a Morrer Dignamente minada por un cáncer que rebrotaba una y otra vez. Ellos son algunas de los rostros humanos que adoptó el debate celebrado ayer por el Foro Cívico en el Centro Fonseca bajo la moderación de la abogada Mari Luz Canal. «Cada persona tiene una forma de vivir y de morir distinta», recordó Carmen Vázquez Vila, presidenta de la Asociación Dereito a Morrer Dignamente. Ello, a pesar de que, según Vázquez Vila, la Constitución no reconoce «la capacidad de elegir» debido a la «hipocresía social». Elías Pérez, profesor de filosofía, se sumó al debate poniendo de manifiesto la «incoherencia» del «principio de santidad de la vida humana». El protagonista tácito del debate, Ramón Sampedro, fue definido por su amigo Carlos Peón, con una aparente paradoja: «Desexaba a morte, pero era moi vital». Peón recordó el gusto de Ramón Sampedro por el café, por los cigarros cubanos, el coñac o las mujeres, que acudían a verlo desde Sevilla o Brasil. Más pragmático se mostró otro amigo de Ramón Sampedro, el profesor Xosé Lois Vilar. «Ramón non era un ser excepcional, nin intanxible, nin fóra do común», señaló mientras culpaba a la estilizada fotografía y la cuidada música de la película de Amenábar a «elevar ós altares» a Ramón Sampedro. «O seu encanto transformábase ás veces en miseria», manifestó Vilar. El racionalismo excesivo y la falta de miedo a todo, incluso a la muerte, empujaron finalmente a Sampedro a «unha morte indigna despois dunha vida dignísima», explicó Carlos Peón. «Ramón quería morrer cunha botella de coñac ó lado, na cama e rodeado dos seus amigos, e non puido ser así por culpa da hipocresía social».