Historias de A Coruña | Visitas al Caudillo En el mes de agosto de 1943, el pazo sadense fue escenario de una importante entrevista entre Francisco Franco y el embajador inglés Samuel Hoare
11 sep 2004 . Actualizado a las 07:00 h.El diplomático británico, ante el cambio que estaba experimentado la guerra mundial, deseaba exponer personalmente al Caudillo una serie de quejas. El viaje a la lejana Galicia desde Madrid resultó ciertamente complicado. Gracias al ministro del Aire, Juan Vigón, fue puesto a su disposición un avión Douglas americano, que hacía los vuelos regulares entre Madrid y Lisboa. El aparato aterrizó en el aeródromo de Las Rozas, entre Lugo y Guitiriz, alojándose el embajador en el balneario existente en este último lugar. El relato del viaje que Hoare hizo en su libro de memorias fue, ciertamente, fascinante: «El hydro, o balneario como le llaman los españoles, era una barraca de gran tamaño humeante de azufre y llena de gran cantidad de personas con la piel amarilla (...). En torno al avión se agrupó un gran gentío, al que debió de enfrentarse una fuerte guardia (civil) para evitar que los instrumentos y los neumáticos fuesen saqueados». Su primera impresión sobre Franco y su entorno fue esta: «Este hombre que tenía ante mí era, sin embargo, el dictador de España, separado por 600 kilómetros de su capital, en plena crisis europea, sentado en la calma de su confortable salón y tan dispuesto a hablar de la próxima cosecha, del tiempo que hacía, o de las perspectivas de la estación para los cazadores, como de los tremendos acontecimientos que tenían lugar en el mundo cada día. Dueño y satisfecho de sí mismo, y, al parecer, también seguro de sí mismo como de su porvenir». Temas La entrevista con el Caudillo, a la que también asistieron el ministro de Exteriores, conde de Jordana, y el barón de las Torres, jefe de Protocolo del Ministerio e intérprete, duró cerca de dos horas y el embajador trató principalmente de tres temas: la Falange (a la que se debería jubilar), la «no beligerancia» de España (peligrosa para Franco, tal como estaba evolucionando la contienda mundial), y la División de Voluntarios en el frente ruso (a la que había que retirar en su totalidad, no sólo parcialmente como se había hecho). Franco le dio largas a los asuntos, anotando Hoare: «Mis palabras no parecían tener efecto sobre este pequeño e insulso gallego, y mientras las pronunciaba recordaba cómo su carrera de jefe había sido una serie de inesperados y sorprendentes éxitos a expensas de sus amigos y enemigos». Eso sí, Franco le dijo que odiaba a los japoneses, pues no les perdonaba «haber llevado la guerra al corazón de las Filipinas, centro histórico de la civilización ibérica en el Pacífico». Sobre la Falange concretó: «No es una administración, sino un movimiento». Poder Añadirá el embajador sobre los factores que mantenían a Franco en el poder: «En primer lugar, su astucia gallega, esa astucia que empujó a muchos campesinos sin dinero a partir de Galicia hacia América del Sur y a volver un día llenos de riqueza a su tierra natal, y, en segundo lugar, la debilidad de sus rivales, ya fuesen de derechas o de izquierdas, que estaban divididos entre sí y celosos los unos de los otros. Yo me preguntaba, ¿podían estos dos factores explicar el hecho de que conservara el poder durante tanto tiempo, escapando a los efectos de la impopularidad universal que había creado su régimen?». Tras el encuentro en Meirás, que Hoare calificó de «desconcertante», el embajador retornó a Madrid por el mismo medio que había llegado. Como la embajada española en Washington publicó un comunicado diciendo que la entrevista había sido «amistosa y satisfactoria», el Foreign Office respondió con otro donde se señalaba que Inglaterra estaba «seriamente disconforme con las graves faltas cometidas contra la neutralidad por el Gobierno de Franco».