HERCULÍNEAS | O |
21 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.JURO QUE NO ES por localismo, pero me entra la risa floja cada vez que llego en coche a Santiago. Santiago norte, Santiago sur, con ese cinturón de autopistas al que sólo le falta el minotauro para ser laberinto de los de antes. Me entra la risa floja porque recuerdo lo que dejo atrás, esa partida de ajedrez entre Karpov y Kasparov que es la Gran Coruña, con media comarca enrocada y mirando hacia otro lado cada vez que cien mil personas se pasan horas encerradas en su coche. Cien mil hijos de esa Gran Coruña que no entienden que no se hayan construido ya la Vía Ártabra y la Tercera Ronda, que Alvedro no esté conectado a la autopista que pasa a doscientos metros, que no haya un sistema de transporte metropolitano que permita coger un bus en Puerta Real que lleve a Santa Cristina, en vez de tener que hacer cincuenta y siete transbordos, y que no haya un tren de cercanías. La falta de asfalto y de raíles nos termina robando parte de nuestras vidas. Por eso es tan importante el pacto metropolitano del martes, que desbloqueó el Plan Viario y que nos liberó del enroque que sufrimos desde hace años. La comarca sólo tiene futuro unida. Ese espíritu del 20-J no debe perderse. juan.gomez-aller@lavoz.es