HERCULÍNEAS | O |

17 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

JAMES Joyce contaba el mundo según lo veía a través del culo de una pinta de cerveza negra, que es una lupa como otra cualquiera para observar el paso de las horas y los cuerpos. Joyce es, con Franz Kafka y Marcel Proust, el más grande del siglo XX. Un autor que te abre las venas del cerebro, que te arranca las neuronas para arrojarlas sobre las páginas y para que luego tú te las apañes buscándolas entre su alambique de frases infinitas. A mí el Ulises me sabe al café con leche de La Barra, donde, en una esquina con ventanón a la calle Luchana, me lo tragué durante un verano perfumado de cafeína y de mármol pulido por cientos de manos y tazas. El mismo café en el que resulta que un día se sentó otro escritor, Claudio Magris, a caligrafiar su artículo diario para el Corriere della Sera . La Barra es nuestro entrañable y doméstico Café Gijón, aunque sin el camarero con galones de coronel y sin las puñaladas que se pegan los escritores madrileños para birlarse un poco de gloria póstuma. En La Barra, entre las columnas de hierro y las toses de aguardiente y tabaco de los ancianos que hacen restallar su dominó sobre las mesas, a veces suceden estos cruces del azar y un autor italiano se sienta a escribir precisamente en la mesa donde a alguien se le ocurrió leer el Ulises . luis.pousa@lavoz.es