La mala estrella de Antonio

Ana Rodríguez A CORUÑA

A CORUÑA

Perfil | Un guardia civil marcado por el atentado de Irixoa en 1989 No le gustaba hablar de sus heridas. Casi las había olvidado. Retirado desde que el Exército Guerrilheiro le asestó cinco balazos, se encontró con la muerte en el Mandeo

07 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Vio morir al que fue su último compañero de patrulla, Benedicto García, abatido a tiros por cuatro integrantes del Exército Guerrilheiro do Povo Galego. Él se salvó. Y pudo avisar por radio de lo que sucedía en Irixoa poco después de la una de la madrugada del 2 de febrero de 1989. Y lo hizo a pesar de que su vientre estaba agujereado por cinco balazos. Se defendió, también a tiros, de la emboscada, de una emboscada que comenzó con un simple aviso de un accidente de tráfico. En el cuartel de la Guardia Civil de Irixoa se recibió el aviso. Una llamada anónima alertaba de un siniestro en la carretera de Campolongo y de una persona herida tendida en la carretera. Antonio Pérez Freire y Benedicto García Ruzo, de guardia en aquella noche fatal, se encontraron con la escena. Benedicto bajó del coche para encontrarse con el horror. El herido se abalanzó sobre él, intentó anestesiarlo con cloroformo y, al no conseguirlo, abrió fuego contra los guardias. Él y otras tres personas escondidas entre la maleza. «Esto es una trampa. No os mováis que os vamos a matar» fue lo último que oyó Benedicto antes de que seis disparos, uno de ellos en la boca, acabaran con su vida. Mientras, su compañero, ya herido de gravedad y escondido en el coche, gritaba un desesperado «¡que nos matan!» a la emisora. Los terroristas se cebaron con Antonio: cinco balazos en el tórax y en el intestino, a quemarropa, antes de que él pudiera repeler el ataque para disparar contra el radiador y las ruedas del coche de los integrantes del Exército Guerrilheiro do Povo Galego. Su acción ayudó a que pronto fueran apresados todos los terroristas, abocados a huir a pie del lugar del tiroteo cuando ya la Guardia Civil había enviado a todos sus agentes en la zona. Recuperación Dos operaciones y una larga temporada en la unidad de reanimación del Canalejo no fueron suficientes para que Antonio se recuperara de las heridas. Sobre todo de las psicológicas. Con sólo 34 años, se retiró del servicio activo y pasó a una vida tranquila, con su mujer y sus dos hijos, en Betanzos. Le gustaba pasar el tiempo con sus amigos, y con ellos, de pachanga en Chelo, a orillas del Mandeo, encontró la muerte. A sus amigos se les escapó la pelota al río, él se lanzó a recogerla. «Ya estoy en pantalón corto y me tiro», fue lo último que les dijo. «Maldita gracia. Cosas del destino. Sobrevivió a un atentado y, justo cuando se empezaba a recuperar del trauma, va y le pasa esto», explicaba ayer uno de sus amigos en Betanzos. Los que le conocían lo definen como un hombre normal, muy alegre y al que le gustaba, de vez en cuando, visitar a los que fueron sus compañeros en el cuartel. Nunca hablaba de aquel tiroteo de 1989.