HERCULÍNEAS | O |

28 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

EL REVOLTOSO siglo XX fue la centuria de los ismos. Las vanguardias históricas parían movimientos a toda máquina y, si caías en una terraza de París, o te sacabas un ismo de la manga o dimitías de la modernidad. Así nacieron, a golpe de manifiesto, el surrealismo, el dadaísmo y hasta el realismo visceral que se inventó Roberto Bolaño al echar el cierre el siglo. Ramón Gómez de la Serna, aquel autor que escribía sobre los circos y los senos atrincherado en la sagrada cripta del café Pombo, catalogó y desmenuzó los ismos en uno de sus ensayos, e incluso aportó al inventario su personal e intransferible ramonismo. Pero lo que no podía adivinar Ramón en 1931 es que aquel siglo XX de hace cuatro años convirtió en A Coruña el feísmo en el gran ismo de su arquitectura (por encima incluso de su tesoro modernista). La torre de Rubine, las cajas de cemento de la ronda de Outeiro, el esperpento urbanístico del Agra y, salpicados por toda la ciudad, los bloques de hormigón, los ladrillos al aire y los azulejos de colores indescriptibles sobre las fachadas son las señas de identidad de esa desfeita . Pero, para desinfectarnos las pupilas, nos quedan los mil y un vidrios de la Marina, donde la mirada bebe la última luz del día. luis.pousa@lavoz.es