Ex bulímica al desnudo

S. Basterrechea A CORUÑA

A CORUÑA

EDUARDO

En directo | Espido Freire cuenta en la Universidad su lucha contra la enfermedad La escritora que se metía atracones de comida para luego vomitarla arremete contra las tallas de modelo y la publicidad tramposa y peligrosa del 0% grasa

05 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Cuenta Espido Freire en su web que en su adolescencia de niña prodigio, por pesar 45 kilos, hubiese accedido a un pacto con el diablo. Cuenta también esta escritora de ascendencia coruñesa que cuando decidió romper con las calorías y la báscula, a los 19 años, creyó que se convertiría en una obesa de 130 kilos. No fue así. Espido Freire (Bilbao, 1974) ajustó cuentas en su libro Cuando comer es un infierno y ahora es una chica normal en unos pantalones de cuero negros y un jersey jaspeado de cuello cisne. Así se presentó ante el público universitario congregado en Derecho para hablar, invitada por la asociación Gaded, de su lucha contra la bulimia. Unas 90 chicas y unos 10 chicos (más o menos la proporción en la que se dan los trastornos alimentarios) la escucharon a ella y a Marta Sanmartín, psicóloga de la Asociación de Bulimia y Anorexia de A Coruña. «En 15 años, los casos se han multiplicado por 30 y es una enfermedad devastadora: pérdida de la regla, masa ósea y pelo, hay riesgo de parada cardíaca, depresión e ideas, intentos y logros de suicidio», resume la especialista. Niña «perfecta» Espido es experta desde el otro lado. A los 14 años era «la típica niña perfecta», cantante de ópera con José Carreras y una empollona. «No se podía engordar como la Caballé. La que se mantuviera delgada y guapa tendría más posibilidades de triunfar», recuerda. A los 15, «en la gira del 89», ya era bulímica. «Quieres adelgazar y no comes nada. Pero te obsesionas, te da la ansiedad y caes. Y, ya puestos, no comes tres galletas, te comes la caja entera», explica. «La gente me veía maravillosa y yo me moría», añade. Escribir la salvó. Y le dio el Planeta por Melocotones helados en 1999. Coge una revista. Se ríe de las cremas adelgazantes. «¿Pero conocéis a alguien que haya perdido la celulitis así?», pregunta. Y critica la dictadura de la publicidad: «Queremos la talla de la Schiffer y, mientras, la Coca Cola Light sextuplica sus ventas».