HERCULÍNEAS | O |
24 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.FILOMENA nos dejó el día en el que José Ángel de la Casa le metió doce goles como doce soles a la selección de Malta. Uno de mis hermanos le acababa de pintar sobre el caparazón los colores de la bandera española. La tortuga no soportó tanto patriotismo y decidió refugiarse en el patio del vecino, colándose por el hueco de un desagüe comunitario. Lo sé porque parte de la pintura, todavía fresca, quedó para siempre pegada a la pared de la terraza. Filomena tampoco llevaba muy bien lo de ser una tortuga multiusos. Tan pronto era perro (le colocábamos una correa y la paseábamos por Monelos: «Chuuucho, chuchoooo», jaleaban algunos vecinos) como puerta: las visitas le golpeaban el caparazón con los nudillos, supongo que para comprobar si era real. El vecino, que tenía un puesto de recuerdos en la Torre, negó que él tuviera retenida a Filomena: «Anda, niño, vete a darle la lata a un guardia». Años después, de paseo turístico, nos dimos de bruces con el tenderete del mentiroso. Allí estaba Filomena, o lo que quedaba de ella: un pisapapeles de 2 euros con la leyenda «Estuve en La Coruña y me acordé de ti». Hoy tengo otra tortuga. Se llama Margarita, y le tengo ter-mi-nan-te-men-te prohibido acudir a las reuniones de la comunidad. laureano.lopez@lavoz.es