HERCULÍNEAS | O |
23 abr 2004 . Actualizado a las 07:00 h.LOS burócratas creen que eso de la globalización, es decir, el plagio a gran escala, se lo acaban de inventar dos licenciados de Harvard ociosos tras saquear unas opciones sobre acciones en su portátil de última generación. Piensan los engominados que lo de plantar una máquina de refrescos y un garito de hamburguesas en cada esquina del planeta es cosa suya, cuando la realidad ya se copia a sí misma, por lo menos, desde Homero y los revoltosos dioses griegos. Los chistes obscenos de los que alardean los chavales en el patio de la escuela ya se los contaban hace trece siglos dos calles más arriba. Uno cree que sólo en Os Castros, en la casa de aquel pariente en quinto grado, se estila todavía lo de cubrir el televisor con un tapete de ganchillo y una estampa del Cristo de Fisterra. El nativo del barrio hasta es capaz de atisbar razones antropológicas en el bordado, pacientemente tejido por la santa al ritmo de la banda sonora de Luar (esencia del galeguismo contemporáneo). El mito de las señas de identidad se desarma cuando en la misma pantalla en la que Gayoso adora los tirabuzones de Bisbal aparece un árabe experto en arameo que, en su casa de Damasco, luce tapete de ganchillo y foto familiar sobre el electrodoméstico. Ni el enxebre ganchillo se salva de la globalización. luis.pousa@lavoz.es